“Señor, enséñanos a orar”

Podemos estar orando con los labios y vagabundeando con la mente. Podemos orar con los labios y estar más o menos atentos a lo que decimos, comprendiendo su sentido, pero sin que el espíritu responda por medio de los sentimientos. Según la tradición de los Padres orientales la oración perfecta existe solamente cuando el sentimiento viene a unirse a las palabras y a los pensamientos.

Es interesante constatar la importancia que dan los monjes orientales a sentir lo que decimos y pensamos en la oración. Y lo cierto es que poner el sentimiento en las palabras que pronunciamos en la oración es una gran ayuda para “vivir”, para “hacer viva” la oración, e impedir así que se convierta en una rutina más. Además así se enciende el gusto por la oración “y el paraíso se instala en el alma”. “En la oración lo principal es el sentimiento del corazón”.

El staretz Basilio (siglo XVIII) decía: “Encierra tu intelecto en la celda de tu corazón y allí encontrarás el descanso de verte libre de los malos pensamientos y experimentarás la alegría espiritual que causan la oración interior y la atención del corazón”.