Según un Padre oriental, la oración incesante vence el mal a través de la esperanza en Dios; conduce al hombre hacia una santa simplicidad, alejando la mente de su hábito de distraerse en pensamientos diversos y de hacer planes sobre sí mismo y sobre su futuro y manteniéndolo en una gran pobreza y humildad de pensamientos. En esto consiste la formación del hombre de oración.

Aquel que reza sin cesar pierde gradualmente el hábito de dejar divagar sus pensamientos, de estar distraído, de estar lleno de preocupaciones; y cuanto más se arraiga en el alma esta atracción a la santidad y a la humildad, tanto más se pierden las malas costumbres anteriores. Finalmente, llega a ser como un niño, tal y como lo recomienda Cristo en el Evangelio y llega a estar loco por el amor de Cristo, es decir, que pierde la falsa sabiduría del mundo y recibe de Dios una inteligencia espiritual.

La curiosidad, la desconfianza y la sospecha son igualmente destruidas por la oración incesante. Desde ahora los demás comienzan a parecerle todos buenos y de esta transformación del corazón nace el amor a los hombres.

Aquel que ora sin cesar permanece constantemente en el Señor, reconoce al Señor como Dios, adquiere el temor de Dios, del cual nace la pureza y ésta da comienzo al amor divino. El amor de Dios lo llena de los dones del Espíritu del cual es su templo.