Ten buena opinión de todo el mundo. No juzgues a nadie y sé tan simple que, ocupado en tus propios defectos, no repares en los de los demás.

A nadie muestres un semblante airado, ni un ánimo irritado, ni un sentimiento de severidad o aversión, sino un corazón tranquilo, pacífico, humilde, y un rostro sereno, embellecido por el silencio, la mansedumbre y la honestidad.

Soporta –y no solo con paciencia, sino incluso con alegría– improperios, críticas, reprimendas y otras contrariedades por el estilo. Sé consciente de que Dios te las envía para que te ejercites en la virtud. Acéptalas de buen grado, con voluntad confiada, sin rebelarte interiormente.

Lanspergio (+ 1539) Enchiridion militiae christianae