Cuando tengas que elegir entre dos cosas, elige la que más humilla con el fin de crecer en la virtud. Sin humildad, no hay nada que pueda edificar. ¿Qué te aprovecha el haber edificado a muchos si tú no obtienes ningún provecho de ello? Si uno gana el mundo entero, pero se pierde a sí mismo y se hace daño, ¿de qué le sirve? (cf. Lc 9, 25).

Toda obra, por excelente o perfecta que fuere, sin humildad no es nada. Por eso, considera más útil lo que es más humilde, y elígelo. No poco aprovecha para la humildad el considerarte una persona soberbia y vana; repréndete y júzgate continuamente por tu soberbia.

Esta es la verdadera humildad: desear permanecer oculto, ser ignorado y considerado despreciable, no humilde, de manera que te sonroje la alabanza y huyas de ella, te alegres de no ser estimado y quieras incluso ser despreciado. Prefiere la opinión y la voluntad de otros a las tuyas. No te importe dar la razón a los demás, cede pacientemente y ten mejor opinión de ellos que de ti mismo.

Ama a tus hermanos y a todos los hombres, hónralos humillándote a ti mismo y reverenciándolos a ellos, poniéndote de pie ante ellos en señal de respeto, sufriendo y guardando silencio en su presencia.

Lanspergio (+ 1539) Enchiridion militiae christianae