El camino

 

 

 

 

 

 

 

Todo esto no se improvisa. La vida contemplativa exige un largo camino de esfuerzo y de renuncias hasta conseguir un corazón pobre y libre. La soledad, característica de nuestra vida eremítica, nos pide, lógicamente, privarnos de la radio, la televisión, los periódicos, los viajes.

Otra renuncia: el silencio, que no es ni un fin ni simple ausencia de palabras, sino silencio para poner todas las fuerzas de nuestra alma a la escucha del Espíritu. Los ayunos son frecuentes y toda nuestra vida está enmarcada en un ambiente de pobreza y austeridad. Estas renuncias ascéticas son la manera concreta y práctica de tomar distancia de las cosas para centrarnos en Dios.

Sin duda todo esto puede chocar en una época como la nuestra, convencida de que la felicidad consiste en satisfacer todas las apetencias y caprichos.

La penitencia alegre del cartujo consiste en escoger, no lo que agrada a los sentidos, sino los valores transcendentes, porque sabe por experiencia que la felicidad no viene de fuera, de las cosas, sino que sale de dentro:

"Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti" (S. Agustín).

   
     
 

Cartuja de Miraflores