DE CÓMO NO ESCRIBÍ ESTE LIBRO

 

Querido lector: yo no soy el autor de este libro.

Desde siempre tuve la ilusión de escribir un libro sobre los cartujos. ¿Por qué? Sin duda por la emoción religiosa y estética que me producían. Recuerdo, de esto pasaron ya quince años, un domingo que visité la Cartuja de Porta Coeli, en Valencia. Tuve la fortuna de ser recibido por el P. Prior. Me acompañó por todas las dependencias, me habló de su estilo de vida, me contó detalles. Todo aquello cuajó en un reportaje que publicó la prensa de Valencia. Nos volvimos a ver, fuimos, somos amigos. Me había regalado fotografías, Incluso se dejó retratar, aunque de espaldas. Y también me viene a la memoria que me invitó a charlar unos minutos con la Comunidad. Era un domingo, a primeras horas de la tarde. Volví a mi casa lleno de algo distinto, algo que el mundo no podía dar, lleno de paz, de Jesucristo. Enriqueció aquella visita, y las posteriores, mi idea sobre los cartujos, su vida, su espíritu, su vitalidad. Todo el conjunto me prometía inspiración. Sí, sería muy bello, muy literario, un gran tema, muy... romántico, muy en mi línea de hacer, el pensar, escribir y realizar un libro sobre los cartujos, como un «Viaje a la Cartuja».

Pero pasaron los días, los meses, los años...

Y llego el 14 de marzo de 1980. Un buen amigo me logró una entrevista con el P. Prior de la Cartuja de Miraflores en Burgos, entrevista que deseaba publicar en la revista «Mensajero».

Lo recuerdo muy bien. Nevaba. A las cuatro en punto de la tarde me recibió el P. Prior. Le grabe la entrevista sin dificultad. El diálogo transcurrió magníficamente. Pregunté lo que deseé y me respondió con holgura y total satisfacción. Acabada la entrevista fuimos a la celda del P. Procurador. Y entonces, entonces fue. Lo recuerdo con minuciosa exactitud.

La celda era cuadrada, con estanterías de madera. Éramos cuatro: el P. Prior, el P. Procurador, mi amigo y yo. Por las ventanas ya entraba el sol. El cielo de Castilla la Vieja se había abierto. Estaba azul. Miré el paisaje largo, plano, sin un alma. Todo en la Cartuja era silencio. Nuestras cuatro voces eran casi como un arpegio a destiempo.

- ¡Cómo me gustaría escribir un libro sobre la Cartuja!

Y no hizo falta más. El P. Prior me respondió que lo deseaba. Yo tuve la impresión, subjetiva, que aquel libro, en aquella Cartuja, me estaba esperando. En breves minutos, menos, en una décima de segundo, me trasladé imaginativamente a Valencia. Recordé mis vivencias primeras en Porta Coeli. Y otras Cartujas que había visitado: Val-Sainte, en Suiza; Aula Dei, en Zaragoza; la Grande Chartreuse, en Grenoble, y las deshabitadas Cartujas de Porto fino y Florencia. Mientras el P. Prior me animaba, yo viajaba y me sentía feliz.

- «Todo llega en esta vida, ya está aquí el libro de la Cartuja», me dije en el alma.

Y...

Dejé Miraflores. Bajé de la colina cartujana hacia Burgos, quizás demasiado contento. Porque sí: el tema me gustaba, me inspiraba. tenia tiempo, tenía editorial, y los cartujos subvencionaban. El completo.

Pero...

Y también lo recuerdo exactamente.

No podía ser. En la vida lo bueno se mezcla con lo malo, lo agrio. Por tanto, aquí debería haber un fallo, un error, algo que modificase este sueño que yo vivía por las calles de este Burgos austero, heroico y nevado. Todo era demasiado evidente para que fuera seguro. Siempre hay que sospechar de lo fácil y, mucho más, si se trata de algo favorable.

Pero los hechos estaban ahí. Me habían encargado un libro sobre la Cartuja. Todo estaba claro. Hasta las fechas de escritura, corrección y entrega.

El sueño hecho realidad quedaba en pie. Haría el libro.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

El 30 de abril de 1980, mes y medio después de mi primera visita a Miraflores, llegué a la Cartuja y me hospedé en ella. Durante algunos días, dialogamos mucho con el P. Prior y el P. Procurador. Concretamos casi todo.

Estuve un día, dos, tres, cuatro... no recuerdo con exactitud. Dormí en la Cartuja, comí de la Cartuja, paseé por la Cartuja, visité toda la Cartuja. No me adapté a los horarios de la Cartuja. Leí, medité, miré el paisaje y... sobre todo, oré. Asistí a las misas de los cartujos. Comulgué con los cartujos. Procuré empaparme, ambientarme al máximo de todo lo que supusiera Cartuja. Más tarde aquella entrevista del 14 de marzo fue publicada en la revista, «Mensajero», el 1 de noviembre de 1980 con gran aceptación. Y ahora cumpliría mi sueño... ¡el libro!

Pero...

Poco a poco, fui dándome cuenta de que algo había cambiado en mi. Y esto me alegraba. Era como una luz que se me introducía en la mente, en el corazón, en la sensibilidad. en la misma inspiración y voluntad de escribir. Como si algo acabara de romperse en mi. Como si mi alma fuera un vaso de cristal hecho pedazos. Pero me alegraba. Vela las cosas con más realismo. Haría, escribirla el libro, porque había dejado de soñar.

¿Qué me había ocurrido en mi segunda visita a Miraflores?

Algo elemental.

El magno silencio de la Cartuja, un silencio denso, silencio de hombres recios, cerrados entre cuatro paredes y de por vida, este silencio que yo ahora vivía no era el silencio soñado por mí. Era este silencio no un fin sino un medio, un ambiente para llegar a Dios. Más que de un silencio, se trataba de una soledad, toda ella puro sacrificio. Aquel silencio se me hacía pura penitencia. De bello, casi nada; de romántico, nada. De inspirador, poquísimo para mí. De reflexionador, quizás mucho.

Y se añadía el no poder hablar con todos y cada uno de los cartujos a la hora y momento que yo deseara. Dialogar, tratar con ellos, hacerme amigo, preguntarles, sugerirles, charlar, convivir, enterarme, inspirarme, estar a gusto con ellos, saborear sus problemas, sus ilusiones, sus historias, sus intimidades, su vitalidad, su sacrificio, sus tragedias, su soledad, sus nostalgias... en fin, usar literariamente toda la historia de su vida no me era concedido.

Porque yo había ido allí a eso, a escribir una narración partiendo del material «vida de los cartujos», porque estaba y estoy muy seguro de que sí, que todo hombre, y muy especialmente un cartujo, tiene una historia íntima que contar y que puede ser altamente ejemplar el contarla a los demás. Pero nada de esto conseguí, pues en realidad, no llegué a convivir con ningún cartujo. Mis conversaciones con los monjes que traté se limitaban a dos puntos: el contenido del libro y su presentación. Para el contenido, dada mi absoluta ignorancia sobre el tema, contaba con unos apuntes escritos por los mismos cartujos, apuntes que contenían la verdadera verdad de los cartujos, única cosa que querían exponer al posible lector. Y cuanto a la forma y presentación del libro.., dependía de sus posibilidades económicas, aspecto en el que yo nada tenía que hacer.

Así que, de repente, vi que el libro estaba hecho y que mi visión subjetiva, literaria estaba totalmente fuera de lugar en la Cartuja. Me había equivocado, había soñado despierto, como intuí en la primera visita a Miraflores.

Con los dos cartujos que hablé, me encontré siempre muy bien. Con todo observé algo muy importante: yo podía llegar a conocer las normas de vida de los cartujos, el estilo de vivir su entrega a Dios, pero de un modo anónimo, abstracto. En cuanto a conocer cómo vivían individualmente estas normas, cuál era la tristeza, la felicidad y la nostalgia de los cartujos, cuál era el trabajo personal de cada monje... de eso, nada. De vida privada, nada.

Con sencilla suavidad, caridad, claridad y eficacia, los cartujos me habían dado a entender que no les interesaba un libro literario, aunque fuera bueno, sino un libro objetivo, aunque fuese menos sugestivo. En resumen, mi libro debía ser un acto de servicio y no un acto de creación literaria.

Y... extraño..., esta decisión, esta renuncia a mis proyectos, en lugar de desanimarme me alegró. Como si, por fin, hubiese visto el camino a seguir.

Y sin darme cuenta comencé a leer en mi interior. Ahora me sentía más realista, sentía como si mi interior estuviera lleno de luz, de fuerza, de seriedad. Pero... había perdido la inspiración. Lo que debía hacer nada tenia que ver con la literatura; por tanto no sería un libro mío. Y éste era el primer acierto. Porque de algo me había convencido. La verdad de la Cartuja no se presta a juego literario. Ni se debe hacer literatura a propósito de la Cartuja. La Cartuja es algo más. La Cartuja es la versión del Evangelio en clave de sacrificio radical, con todas las compensaciones que Dios quiera regalar. Si hay una realidad de la que no se puede prescindir ni un segundo en la Cartuja, es la de la «gravedad», la de la «seriedad». En un primer momento resulta triste contemplar el propio fracaso. Pero si se tiene óptima voluntad, en el fondo este fracaso resulta positivo. Y, muy poco a poco, pero constantemente, me fui superando y me decidí a colaborar. No haría el libro, pero lo organizaría. El libro lo escribirían los cartujos. Iban a ser ellos los que hablasen de su verdad. Y mi literatura no incidirla para nada en el texto. Y así ha sido.

Me convertí en un servidor de los cartujos. Quizás demasiado. Pero así es.

El libro que tiene ante sus ojos, entre las manos, el lector, está escrito por los mismos cartujos, lo que, por otra parte, es obvio. Mi labor ha sido la de vivificar su texto, dialogándolo. Y montar un apunte biográfico de la vida de San Bruno, a partir de un libro que los mismos cartujos me prestaron. Todas y cada una de las páginas han sido leídas, estudiadas y corregidas por los mismos cartujos. Su autenticidad cartujana es total. Mejor recomendación no le podría hacer al lector. Quien lo leyere, leerá a los mismos cartujos.

Porque yo prescindí de toda labor personal. Incluso, en un principio, pensé reservarme la descripción del Monasterio y sus dependencias. En esta «visita» al Monasterio yo habría podido, sin detrimento de la objetividad, poner en juego todas mis artes literarias, buenas, medianas o mediocres. Pero pensé que mi visión literaria y por tanto siempre subjetiva, podría desequilibrar el texto, caracterizado por la objetiva austeridad ascética, propia de los cartujos.

Así que este libro ha sido la paulatina historia de una renuncia literaria y la suave ascensión hacia una misión de servicio que, cada día, me llena más. Me siento muy feliz de haber ofrecido mis posibilidades literarias a mis amigos, a mis hermanos, a mis compañeros de ilusiones religiosas, los cartujos de Santa María de Miraflores.

Poco más me queda por decir. Gracias a la Comunidad cartujana por haberme dado esta posibilidad de ayudarles. Gracias por el ejemplo que me dieron con su vocación tan auténticamente vivida. Gracias por su hospitalidad y comprensión. Y especialmente gracias por la caritativa forma con que me hicieron comprender que la Cartuja es demasiado seria como para prestarse a un ejercicio literario. La Cartuja es la historia de la entrega radical a Dios de unas almas, aun admitidas todas las limitaciones que Dios permite y con las que humilla a los hombres. Pero queda siempre claro que las vidas de los cartujos son única y exclusivamente para Dios, que sus vidas personales ni han sido, ni son, ni serán nunca, nunca, argumento de atracción literaria en el sentido distractivo de la palabra, aunque sí son y serán objeto de literatura ascética, mística.

Este libro pretende que, cuantos lo leyeren, sepan que la gracia de la vocación a la Cartuja es un don muy fuerte de Dios, que Dios puede, quiere darlo, y, de hecho, lo da a los hombres que se lo piden. Y, sobre todo, que es posible, con la gracia de Dios, seguir la llamada de la vocación cartujana. Que no es un imposible. Que es una vida radicalmente entregada a Dios pero no inhumana. Que los que han seguido, y cada día siguen, esta llamada de Dios, son hombres entresacados de la vida normal de nuestra sociedad. Hombres que, con ayuda sobrenatural, se esfuerzan por transformar su persona en «otro Cristo», en seres «sólo de Dios. Y que son felices, muy felices pudiendo cooperar con el sacrificio de su vida a la redención del mundo, que viven veinticinco horas al día con Cristo, fuente de todo bien, de toda luz, de toda esperanza,

Y acabo. Mi conclusión final fue ésta:

Cartujo = Profeta de la esperanza.

Rosendo ROIG. S.J. Bilbao, enero 1981