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JUVENTUD
De sus primeros años apenas sabemos cosa alguna. Nació en Colonia; era, pues, alemán. Sus padres no carecían de nobleza, o al menos de cierta notoriedad en la ciudad. ¿En qué fecha nació Bruno? Lo ignoramos. Apoyándonos en un dato cierto, la fecha de su muerte (6 de octubre de 1101), y en los acontecimientos de su vida, podemos conjeturar que Bruno nació entre 1024 y 1031. Nosotros, elegiríamos preferentemente el año 1030. Es el que mejor armoniza con los hechos de la vida de Bruno. En Colonia vivió Bruno sus primeros años, pero no conservamos documentos de este período. En aquella época, sólo los monasterios y las iglesias tenían escuelas para iniciar a los niños en las letras humanas. ¿A cuál de ellas asistió Bruno? Nunca se sabrá a ciencia cierta. Pero como fue nombrado canónigo de la Colegiata de San Cuniberto, ¿se puede deducir que había estado vinculado de una manera especial a ella? ¿Y este vínculo, no sería de orden familiar -hoy diríamos parroquial- y, en consecuencia, escolar? Un hecho parece innegable: desde sus primeros años reveló Bruno dotes intelectuales poco comunes: porque, joven aún, fue enviado de Colonia a la célebre escuela de la catedral de Reims. Allí vive en lo sucesivo; su estancia en París, Tours o Chartres pertenece a la leyenda. Reims deja huella en Bruno, hasta el punto de que, olvidando su origen alemán, se le llama más tarde Bruno, el francés. Las escuelas de Reims, sobre todo la escuela catedralicia que frecuentó Bruno, eran famosas desde siglos. Gerberto, que un día sería el Papa Silvestre II, había sido rector. A mediados del siglo IX, el arzobispo Cuy de Chátillon dio a los estudios un nuevo impulso. Cuando Bruno llegó allí, las escuelas de Reims estaban en apogeo. Afluían alumnos de Alemania, de Italia, de toda Europa. Y entre toda esta juventud, la personalidad de Bruno llamó la atención de sus maestros. Cuando Bruno tenía alrededor de veinte años, siendo aún estudiante en la escuela de la Catedral, ocurrió un suceso que dejó honda huella en su sensibilidad religiosa: el Papa León IX vino a Reims y celebró allí un Concilio. El 30 de septiembre de 1049, el Papa llegaba a Reims. El 1.° de octubre hizo la traslación de las reliquias de San Remigio. Al día siguiente, León IX consagraba la nueva iglesia de la abadía de San Remigio. ¡Qué devoción le tuvo siempre Bruno! Acabadas las fiestas de San Remigio, el 3 de octubre, León IX abrió el Concilio. Numerosos arzobispos, obispos y abades participaron en él; trataron, sobre todo, de la simonía que minaba entonces a la Iglesia y que urgía extirpar. Comparecieron varios obispos, convictos de haber comprado su obispado. El Papa y el Concilio los depusieron y excomulgaron. Después se tomaron las medidas disciplinares para atajar el mal... Bruno estuvo al corriente de las medidas y decisiones del Concilio, a las que la presencia del Papa confería una autoridad y solemnidad excepcionales. Al despertar su vida de acción, los grandes problemas de la iglesia gravitaban sobre la conciencia de Bruno. Profundamente religioso y recto, penetrado de la Sagrada Escritura y de los grandes principios de la fe, no podía por menos de reflexionar sobre la situación de la Iglesia, sobre la necesidad de reforma y sobre la orientación que él debía dar a su vida, para que alcanzase la plenitud de su valor y su fidelidad. De momento le parece que el Señor le inclina hacia los estudios religiosos, aquí, en Reims. Se mete de lleno en la vida de la diócesis, se entrega a la enseñanza sagrada. Terminados sus estudios, ¿vivió Bruno algún tiempo en París? ¿Volvió por una temporada a Colonia? ¿Recibió las Órdenes sagradas? ¿Predicó? ¿En qué lugares? Puntos oscuros, sobre los que faltan documentos auténticos. Sólo una alusión de un Título Fúnebre, de la que sería aventurado sacar conclusiones demasiado concretas: «Multos sermones faciebat per regiones». Un simple clérigo, con los estudios y títulos de la escuela de Reims, podía ser llamado a predicar al pueblo, ciertamente.
CANÓNIGO Y MAESTRESCUELA El hecho es cierto: Bruno fue canónigo de San Cuniberto. Ahora se nos presenta un problema. Entre el fin de sus estudios personales y su nombramiento para el cargo de maestrescuela, es decir, de gran canciller de las escuelas de Reims, hacia 1056, ¿qué hizo Bruno? ¿cómo fue su vida? ¿en qué se ocupó? La respuesta se impone. En Reims, menos que en ninguna otra parte, se puede pensar que confiaran el cargo tan pesado de «summus didascalus», de responsable supremo de todos los estudios, a ningún profesor que no hubiera dado pruebas de su capacidad. Si Bruno estuvo en París o en Colonia, sería por breve tiempo. Bruno también fue elevado, incluso antes de ser nombrado maestrescuela, o al menos casi al mismo tiempo, a otra dignidad: canónigo de la catedral de Reims. No era pequeña distinción pertenecer a este ilustre cabildo. «Bruno, Ecclesiae Remensis quae nulli inter Gallicanas secunda est, canonicus...». La Iglesia de Reims no cedía entonces en dignidad a ninguna Iglesia de Francia, dice la Crónica Magister... Por lo que conocemos del Cabildo de Reims en esta época, la vida de Bruno como canónigo se desarrollaba así: vivía fuera del claustro de la catedral, en una casa que le pertenecía en propiedad; gozaba de rentas que le permitían llevar una vida confortable y acomodada: tenía criados y podía invitar a la mesa a sus amigos, ya que la costumbre no imponía a los canónigos la obligación de tomar todas sus comidas en común. Su principal deber era participar regularmente en el oficio canónico de la catedral. ¿Trató con los monjes de las abadías vecinas? Saint Thierry estaba a pocos kilómetros de la ciudad y San Remigio a cuatro pasos de los muros. En todo caso, las conoció ciertamente, y a medida que maduraba su proyecto de vida monástica, se debió informar sobre sus observancias. Cuando partió de Reims para Séche-Fontaine, dos sentimientos le dominaban: una gran estima y amistad hacia los monjes negros de San Benito, y la convicción de que no le llamaba el Señor a ese género de vida. Es evidente que cada miembro del Cabildo, fuera de las Horas canónicas, podía ordenar su vida a su gusto. Pero si Bruno hubiera pretendido entonces entregarse a largas horas de contemplación, transformando su casa en un claustro solitario, no hubiera podido cumplir con las tareas que le había confiado el arzobispo. Porque en 1056 era maestrescuela, es decir, director general de los estudios en Reims. Sería interesante para nosotros conocer la fecha exacta en que Hérimann, maestrescuela de Reims, obtuvo la dimisión de su cargo, ya que Bruno le sucedió inmediatamente. Al parecer, esta dimisión tuvo lugar poco después de la elevación de Gervasio de Cháteau-du-Loir a la sede de Reims en octubre de 1055. Sin gran peligro de error podemos situarla a fines de 1055 o principios de 1056. La promoción de Bruno a la dignidad de maestrescuela ocurriría, por consiguiente, durante el año 1056. La elección era honrosísima para Bruno. El hecho de que se le designase tan joven para ocupar un puesto tan delicado, significaba que Hérimann había descubierto en él, no sólo excepcionales dotes para la enseñanza, sino también cualidades de trato e, incluso, de gobierno. Porque Bruno sólo tenía 26 ó 28 años. Y Hérimann no se hubiera decidido tan resueltamente por un hombre de esta edad, si no hubiera estado seguro de que al proponer su nombramiento al arzobispo Gervasio, contaba con la aprobación implícita del conjunto de profesores y alumnos de las escuelas. Contentémonos ahora con espigar en los Títulos Fúnebres algunos de los elogios que tributaron a Bruno quienes le conocieron: «Superaba a los doctores y era su maestro...». «Filósofo incomparable, lumbrera en todas las ciencias...». «Espíritu enérgico, de convincente palabra, superior a los demás maestros; era un portento de sabiduría; no sólo lo digo yo a ciencia cierta, sino toda Francia conmigo». «Maestro de gran penetración, luz y guía en el camino que conduce a las cumbres de la sabiduría...». «Sus lecciones se hicieron famosas en el mundo...». «Honor y gloria de nuestro tiempo». Estamos seguros de que, desde la época de su docencia en Reims, Bruno sobresalía a los ojos de sus discípulos en el conocimiento de los textos sagrados, sobre todo del Salterio. Bruno, maestrescuela de Reims, se nos revela primero como un alma totalmente orientada a los estudios sagrados; luego, como un «Maestro» y un perfecto amigo y, finalmente, como un hombre cuya autoridad moral se impone a todos. Bruno había decidido consagrar su vida al estudio y a la enseñanza de la fe; las cosas de Dios habían cautivado su corazón y bastaban para llenar su alma. ¿Hasta qué edad? ¿Durante diez, quince, veinte años? Faltan documentos...
A LOS 50 AÑOS... CANCILLER Fue, sin duda, durante este período cuando el arzobispo de Reims nombró a Bruno canciller de su Iglesia, para reemplazar a Odalrico que acababa de morir. ¿Hay que ver en esta elección una muestra de estima personal o sólo un gesto diplomático? Promover a Bruno era lisonjear a la opinión pública, sobre todo a la universitaria; era dar pruebas de buena voluntad, siendo tan viva y general la estima de que gozaba Bruno... Tres documentos permiten situar en el tiempo el corto período durante el cual ejerció Bruno su cargo de canciller. Todavía en octubre de 1074 firma Odalrico los documentos de la cancillería; en cambio, una carta de la abadía de Saint-Basle, fechada en 1076, está firmada por Bruno; pero en abril de 1078, el nombre de Godofredo ha reemplazado al de Bruno en los documentos oficiales del arzobispado. Se puede fijar en 1077 la dimisión de Bruno. Porque a principios de aquel año se desencadenó la lucha enconada que durante varios años desgarró a la diócesis de Reims. Por una parte estaban Gregorio VII, su legado en Francia Hugo de Die y varios canónigos de la catedral, y por la otra, el arzobispo Manasés, cuyas prevaricaciones habían sido por fin desenmascaradas. Durante los veinte años que ejerció el cargo de Maestrescuela de Reims, fue menester que Bruno adquiriera una reputación de integridad y una autoridad innegables para que Manasés, en último apuro, le escogiera como canciller para tranquilizar a Gregorio VII sobre sus intenciones... La pronta dimisión de la cancillería por parte de Bruno, ¿no es también una nueva prueba de su integridad? Bruno era hombre justo en el sentido bíblico de la palabra. Lo mismo que el abad de Saint-Arnould, Guillermo, tuvo muy pronto que habérselas con Manasés el arzobispo abusivo, y parece que no tuvo paz hasta que se libró de todo compromiso y recobró su libertad para juzgar, e incluso para luchar si fuere necesario. En toda sociedad, sobre todo si está corrompida, el culto a la Palabra de Dios, el amor de la más elevada amistad y la integridad que vemos en Bruno, condenan al alma humana a cierta soledad. Un ser puro es, siempre y en todas partes, un solitario. Bruno es también un «Maestro». No sólo porque da lecciones y produce honda huella en sus discípulos, sino sobre todo porque domina los acontecimientos y los hombres. Se coloca por encima de ellos y los sobrepasa, viéndolos y juzgándolos desde su altura.
BRUNO... ¿OBISPO? A los cincuenta años Bruno tenía ante sí un magnífico porvenir. Se le proponía la primera sede episcopal de Francia, llamada, «diadema del reino». Bruno era la persona más indicada para este elevado cargo: su integridad, su ciencia, su lucidez ante situaciones delicadas, su coraje en los sufrimientos, su fidelidad a la Santa Sede, su profunda piedad, su exquisito sentido de la amistad, su desprendimiento de las riquezas y su caridad lo hacían el preferido de todos. Gregorio VII y Hugo de Die, su legado, habían podido comprobar su integridad en aquella época de simonía, y habían manifestado públicamente la estima que le profesaban. ¿Quién podría oponerse a esta elección tan anhelada de todos, tan deseada no sólo para el bien de la Iglesia de Reims, sino para el bien de toda la Iglesia de Francia? ¿Quién? Nadie, ciertamente. Nadie, excepto Dios, que habla dejado oír en el corazón de Bruno la llamada a una vida más perfecta... No habría de ser en la Iglesia de Reims, ni en la Iglesia de Francia, sino más profundamente, en el corazón mismo de la Iglesia, donde Bruno daría el testimonio de un puro amor de Dios.
UNA CARTA, UN JARDÍN Allá por las calendas de 1090-1101, es decir, unos veinte años después de la época de que ahora tratamos, Bruno escribía a su amigo Raúl le Verd, deán del Cabildo de Reims, una carta que nos da preciosas luces sobre su vocación personal: «¿Te acuerdas, amigo mío, del día en que estábamos juntos tú y yo con Fulcuyo le Borgne, en el jardincillo contiguo a la casa de Adam, donde entonces me hospedaba? Habíamos hablado, según creo, un buen rato de los falsos atractivos del mundo y de sus riquezas perecederas, y también de las delicias inefables de la gloria eterna. Entonces, ardiendo en amor divino, hicimos una promesa, un voto, dispuestos a abandonar en breve las sombras fugaces del siglo para consagrarnos a la búsqueda de los bienes eternos, y recibir el hábito monástico. Lo hubiéramos cumplido en seguida si Fulcuyo no hubiera partido a Roma, para cuya vuelta aplazamos el cumplimiento de nuestras promesas. Mas, por prolongarse su estancia y por otros motivos, se resfriaron los ánimos y se desvaneció nuestro fervor». El valor de este relato es tanto mayor, cuanto que los documentos ciertos sobre la vida de San Bruno son muy raros. Aquí tenemos un testimonio innegable sobre uno de los momentos más decisivos de la orientación espiritual de nuestro santo. Para evitar el episcopado debió «huir» secretamente de la ciudad. Otros (desgraciadamente su afirmación parece gratuita) le presentan distribuyendo todos sus bienes a los pobres antes de partir, y le hacen despedirse del clero y del pueblo de Reims con un magnífico sermón. Comentó el lema que había adoptado: «Pensando en la eternidad, huí lejos y permanecí en la soledad». Habló con tanta fuerza. unción y autoridad, y la impresión que produjo fue tan viva y profunda que algunos de sus oyentes se mostraron dispuestos a seguirle. ¿Cuál era exactamente la intención de Bruno, cuando con sus dos compañeros hizo su voto en el jardín de la casa de Adam, o cuando más tarde abandonó Reims? ¿Qué forma de vida había decidido adoptar? ¿Tenía ya un plan concreto? Para aclarar esta cuestión sólo tenemos la Carta a Raúl le Verd, escrita más de diez años después de la fundación de «Chartreuse»: «Nos dispusimos -dice- a abandonar las sombras fugaces del siglo para tratar de conseguir los bienes eternos, vistiendo el hábito monástico»-. Si tenemos en cuenta que esta última expresión sólo significaba entonces «abrazar la vida monástica», sin precisar si había de ser en su forma cenobítica o eremítica, la Carta a Raúl le Verd sólo nos señala dos puntos claros en la intención de Bruno y de sus compañeros: su determinación de huir de las vanidades del mundo consagrándose a la conquista de lo eterno, y su voluntad de apartarse de toda ocupación y relación secular para darse únicamente a la vida divina de la gracia.
LA AVENTURA En una fecha que no podemos precisar exactamente, pero que se sitúa entre 1081 y 1083, Bruno abandonó Reims en compañía de Pedro y Lamberto. Bajaron hacia el Sur, en dirección de Troyes. Allí, a unos 150 kilómetros de Reims y unos 40 al Sudeste de Troyes, en Molesmes, existía desde 1075 una abadía cuyo abad, Roberto, tenía gran reputación de sabiduría y santidad. Roberto había reagrupado a su alrededor a algunos eremitas del bosque Collan, cerca de Tonnerre, y los había formado en la vida benedictina. La abadía era pobre. En 1083 fue necesario que el obispo y señor de Langres hiciera un llamamiento a sus vasallos para salvar a Molesmes de su miseria. Esta pobreza favorecía el fervor de los monjes. Cuando Bruno, Pedro y Lamberto acudieron a Roberto, acababan de regalar a la abadía de Molesmes la finca de Séche-Fontaine, que no utilizaban. Estaba a unos ocho kilómetros de Molesmes. Lo suficientemente lejos para que sus habitantes se consideraran muy distintos de los benedictinos de Molesmes, y lo suficientemente cerca para que las relaciones fueran fáciles con la abadía y sobre todo con su santo abad. Además, ¿no era a propósito para la vida eremítica el bosque Fiel, que rodeaba a Séche-Fontaine? Ya en muchos rincones de él se habían establecido ermitaños solos o en grupos. Séche-Fontaine, pues, fue el lugar donde, con la aprobación de Roberto., se instaló Bruno con sus compañeros. Allí vivieron vida eremítica, «heremitice vixerant», dice una de las dos cartas de Molesmes que relatan los comienzos de Séche-Fontaine. ¿Cuánto tiempo duró esta fase de la vida de Bruno? Un año como mínimo y tres como máximo, según la fecha de la salida de Reims. Suficiente tiempo en cualquier caso para que otros discípulos se les reuniesen. Pero Bruno lleva en sí otro ideal de vida religiosa: se siente impulsado por el Espíritu de Dios al «desierto', y escoge el eremitismo. Así vemos cómo, acompañado indudablemente de algunos compañeros, deja Séche-Fontaine y va en busca de un lugar apropiado para la realización de su proyecto. Esta separación se hizo en un clima de sinceridad y caridad. Sea como fuere, la nueva partida de Bruno, su salida de Séche-Fontaine, nos da una luz especial sobre su vocación. Como monje, no se siente llamado a la vida cenobítica. Quiere la soledad, a solas con el Solo, a solas con Dios. Este es el auténtico llamamiento del Espíritu Santo en su alma y en su vida. De nuevo emprendió la ruta del Sur y se dirigió hacia Grenoble y los Alpes, a más de 300 kilómetros. Se ignora el porqué de esta elección. A primeros de junio de 1084, Bruno y sus seis compañeros llegaban a Grenoble, comenzando así una maravillosa y misteriosa aventura...
EL PRIMER DESIERTO «Este yermo, cuyos límites acabamos de consignar, comenzaron a habitarlo maestro Bruno y sus compañeros, y a construir sus edificios, el año 1084 de la Encarnación del Señor, 4.° del episcopado de Mons. Hugo de Grenoble». El estudio crítico de los documentos sitúa esta toma de posesión hacia la fiesta de San Juan Bautista, es decir, en la segunda mitad del mes de junio. Es, por lo demás, la época que imponían las condiciones del clima. Guigo, en su Vida de San Hugo de Grenoble, cuenta la llegada de Bruno y sus compañeros en un relato demasiado sobrio para nuestro gusto, pero muy preciso: «Encabezaba el grupo Maestro Bruno, célebre por su fervor religioso y su ciencia, modelo perfecto de honradez, de gravedad y de plena madurez. Le acompañaban Maestro Landuino (que sucedió a Bruno como Prior de Chartreuse), Esteban de Bourg y Esteban de Die (antiguos canónigos de San Rufo que, por amor a la vida solitaria y con el consentimiento de su abad, se habían unido a Bruno) juntamente con Hugo, llamado el capellán, porque sólo él desempeñaba las funciones sacerdotales; también iban dos laicos, hoy diríamos conversos, Andrés y Guérin. Andaban en busca de un lugar a propósito para la vida eremítica y no lo habían encontrado aún. Con la esperanza de hallarlo y deseos también de gustar de la santa intimidad de Hugo, vinieron a verle. Este los recibió no sólo con gozo, sino con verdadera veneración, ocupándose de ellos y ayudándoles a cumplir su voto. Y gracias a sus consejos personales, a su apoyo y a su dirección, entraron en la soledad de Chartreuse y se instalaron allí. Por aquellos días había visto Hugo, en sueños, que el Señor se construía en esa soledad una casa para su gloria y que siete estrellas le mostraban el camino. Y siete eran precisamente Bruno y sus compañeros. Así, acogió con benevolencia no sólo los proyectos de este primer grupo de fundadores, sino también los de los que les sucedieron, favoreciendo siempre, mientras vivió, a los ermitaños de Chartreuse con sus consejos y generosos favores». Si, finalmente, Bruno y sus compañeros se instalan en el desierto de Chartreuse, no es porque ellos mismos hayan escogido tal lugar: Dios mismo se lo señaló por mediación de su intérprete, el obispo Hugo. ¿Su intención? Sí; aquí podemos leerla con impresionante relieve en el mismo suelo, en toda su decoración, en el bosque y en las nieves. Este fondo del valle en el corazón del macizo de Chartreuse, de accesos difíciles incluso para los pueblos más cercanos, de largos inviernos con grandes nevadas, de tierras pobres, sólo podía presentar una ventaja: la separación casi total del mundo, la soledad llevada al límite extremo. Era la vida estrictamente eremítica lo que buscaba Bruno. Pero una vida eremítica en grupo: un hombre absolutamente solo no hubiera podido subsistir en tales condiciones de vida.
LA MONTAÑA, LA ERMITA, LA SOLEDAD Si nos fijamos en el rigor del yermo por una parte. y por otra, en la armonía íntima y en la compensación del pequeño grupo de ermitaños, podremos apreciar un contraste que nos introduce plenamente en los planes de Bruno. Si éste no hubiera reconocido que podría realizar semejante tipo de vida eremítica en el desierto de Chartreuse, indudablemente no se hubiera establecido en él. Pero este sitio respondía demasiado bien a su única intención para que dudara. Tanto él como sus seis compañeros podían esperar llevar allí juntos la vida eremítica con todas sus exigencias y toda su riqueza espiritual, al menos en cuanto es soportable a las fuerzas humanas. Bruno quería la vida eremítica pura, con soledad estricta, atemperada solamente por algunos actos de vida comunitaria. La misma Comunidad será poco numerosa, e incluso en sus actos comunes los cartujos conservarán el sentimiento de ser el «parvulus numerus». El clima, sobre todo la nieve muy abundante en Chartreuse, y el frío riguroso impondrían a Bruno una decisión sobre un punto importante del medio de vida. Para armonizar las exigencias de la soledad y la regularidad de la vida comunitaria se le ofrecían dos soluciones: separar lo más posible unas celdas de otras para favorecer la soledad, o agruparlas para facilitar la vida común. El clima inclinó a Bruno a optar por una solución intermedia: las celdas estarían realmente separadas, pero cerca unas de otras, comunicándose entre sí y con los locales comunes mediante un claustro cubierto; así se podría pasar por él al abrigo de la lluvia y de la nieve. Según el plan de Bruno, los monjes deberían reunirse con bastante frecuencia -varias veces al día- para el rezo del Oficio, celebrar Capítulo o asistir al refectorio común. Si estas condiciones del clima y terreno no hubieran correspondido a su plan de vida contemplativa, Bruno hubiera podido cambiar el emplazamiento de las celdas sin abandonar el desierto de Chartreuse. No dudará, por ejemplo, en instalar a los conversos a más de 3 kilómetros de las celdas de los ermitaños, en un lugar 300 metros más bajo, donde da más el sol y duran menos las nevadas. Mientras se preparaban algunas tierras para el cultivo, se iban construyendo las celdas alrededor de la fuente. Indudablemente, serían parecidas a las cabañas de los leñadores y pastores que, con el aspecto de pequeños chalets, se ven aún hoy día en las regiones alpinas. Construcciones toscas, pero sólidas., hechas de troncos ensamblados y cubiertos de gruesas tablas, puestas de modo que. a ser posible, resistan de un año para otro el peso de las nevadas. Estas chozas cobijaban al principio, por economía de tiempo y quizá también de dinero, a dos religiosos. Más tarde, cada ermitaño tuvo su celda personal. El agua de la fuente llegaba a cada celda por canalizaciones que. al principio, eran troncos o ramas de árboles ahuecados. Únicamente la iglesia fue construida de piedra. El 2 de septiembre de 1085. Hugo, obispo de Grenoble, la consagraba bajo la advocación de la Santísima Virgen y de San Juan Bautista. Algunos sitúan este conjunto en los alrededores de la actual capilla de San Bruno. Las celdas se abrían a una galería cubierta, de unos 35 metros, que «llegaba casi hasta el pie del peñascal- y permitía ir bajo techo al Capítulo, al refectorio y, sobre todo, a la iglesia. En ésta celebraban los monjes la Misa conventual y recitaban en común Maitines y Vísperas los días ordinarios. Los domingos y días de fiesta recitaban en la Iglesia casi todo el Oficio. En la celda rezaban el resto del Oficio y vivían entregados a la oración, a la lectura y al trabajo manual, que entonces consistía principalmente en cotejar o transcribir manuscritos, sobre todo de la Biblia y Padres de la Iglesia. Cada ermitaño tomaba su comida en su celda; únicamente acudía al refectorio común los domingos y grandes fiestas. Entonces, mientras la Comunidad tomaba su refección, uno de los ermitaños leía algún trozo de la Biblia o de los santos Padres. También los conversos vivían dentro de los límites del desierto, pero sus celdas estaban situadas más abajo que las ermitas. Hacían los trabajos exteriores, sobre todo los más rústicos, necesarios en la vida de comunidad. Se encargaban de cultivar las tierras, de cuidar el ganado, cortar leña y ejecutar los mil trabajillos que exige la difícil conservación de los edificios. En una palabra, protegían la oración y soledad de los ermitaños, entregándose también ellos. en cuanto era posible, a la vida contemplativa. Admirable solidaridad espiritual de un grupo de hombres, enamorados de Dios, que se organizan entre sí para que de sus vidas unidas brotara la contemplación pura. Según una tradición recogida por Mabillon, a Bruno le gustaba retirarse a un rincón solitario del bosque cercano y meditar delante de una roca en la que todavía hoy se vislumbra una cruz tallada en la piedra...
RELIGIOSOS DE DESIERTO Bruno y sus compañeros quieren vida eremítica. Una vida eremítica cuyos peligros e inconvenientes se vean contrarrestados por elementos de vida cenobítica. Esta parte de vida comunitaria no es una simple concesión a la fragilidad de la naturaleza humana, sino que constituye un verdadero intercambio espiritual y humano. Una amistad santa une entre sí a los miembros del grupo. Amistad que se entabla entre fuertes personalidades «de gran mérito, doctrina y santidad», cuyo prototipo es Bruno. Estos tres rasgos parecen caracterizar al cartujo, tal como lo quiere San Bruno: la contemplación debe nutrirse en la fuente de la Sagrada Escritura y los Santos Padres; a su vez, este conocimiento de la Escritura y los Padres debe encontrar un estímulo en la contemplación. Conocimiento lleno de amor y amor que lleva al conocimiento. El cartujo vive, en su espíritu y en su corazón, el misterio de Dios. Y lo vive con grandeza de alma. Nada hay de mezquino en esta vocación. Todo está marcado con ese carácter de absoluto, de exigencia, de totalidad, de plenitud, que da su verdadera talla al hombre de Dios. De ahí la importancia del lugar escogido; porque semejante forma de vida no se puede realizar en cualquier parte. Se necesitan unas condiciones especiales: un desierto, una separación del mundo, un número reducido de ermitaños, una proporción razonable entre Padres y Hermanos. La Chartreuse ofrecía una ocasión excepcional, quizá única, para realizar sin ningún obstáculo semejante ideal. En estas circunstancias es difícil imaginar que Bruno y sus compañeros hubieran tenido ni la más remota idea de fundar una Orden. No: sólo formaron un grupo de solitarios, reducido, con unas exigencias concretas y en unas condiciones únicas. Tenían una conciencia demasiado viva de la originalidad de su estilo de vida, y, sobre todo. un amor al silencio, a la humildad, al olvido y a la abnegación para soñar en extenderlo a otras partes y a otras personas. La idea de multiplicar su experiencia en el espacio, y sobre todo en el tiempo, les era totalmente extraña. ¿Se ligaron mediante una «profesión» formal, con unos votos? No está claro si se hizo así desde el principio. Todas las Costumbres de la Cartuja están esmaltadas de textos bíblicos, sobre todo del Evangelio de Nuestro Señor.
UN DÍA GRANDE El 9 de diciembre de 1086 proporcionó una gran satisfacción a Bruno y a sus compañeros. Ese día, en un sínodo celebrado en Grenoble, el obispo Hugo ratificó solemnemente las donaciones que habían hecho dos años antes los propietarios de las tierras de Chartreuse. Los cartujos quedaban dueños definitivamente de aquellas posesiones y además en la carta se definía, no sin solemnidad, el fin y la razón de ser del eremitorio: «Por la gracia de la Santísima e indivisible Trinidad, estamos advertidos misericordiosamente de las condiciones de nuestra salvación. Recordando la fragilidad de nuestra condición humana y cuán inevitable es el pecado en esta vida mortal, hemos decidido librarnos de las garras de la muerte eterna, cambiando los bienes de este mundo por los del cielo y adquiriendo una herencia eterna por bienes temporales. No queremos exponernos a la doble desgracia de sufrir a la vez las miserias y trabajos de esta vida y las penas eternas de la otra». «Por ello regalamos para siempre un vasto desierto a Maestro Bruno y a los compañeros que vinieron con él buscando una soledad para vivir en ella y vacar a Dios. Yo, Humberto de Miribel, con mi hermano Odón y los demás que tenían algún derecho sobre ese lugar, a saber: Hugo de Tolvon, Anselmo Garcin; después, Lucía y sus hijos, Rostaing, Guigo y Anselmo, Ponce y Boson, que obran por la intervención y ruegos de su madre; igualmente, Bernard Lombard y sus hijos. lo mismo que el señor Abad de ChaiseDieu, Seguin, con su comunidad, cedemos a dichos ermitaños cualquier derecho que podamos tener sobre estas tierras». Después de haber descrito con precisión notarial los límites del terreno, la carta continúa así: «Si algún señor poderoso o cualquier otro se esfuerza por anular en todo o en parte esta donación, será considerado como sacrílego, excomulgado y digno del fuego eterno, a menos que se arrepienta y repare el daño causado. »Dichas tierras comenzaron a ser habitadas por Maestro Bruno y sus compañeros el año 1084 de la Encarnación, cuarto del episcopado del señor Hugo de Grenoble, quien, con todo su clero, aprueba y confirma la donación hecha por las personas arriba citadas, y, por lo que a él se refiere, cede todos los derechos que pudiera tener sobre este territorio». Después de haber enumerado los testigos del acta, termina la carta con esta fecha: «La presente carta ha sido leída en Grenoble, en la iglesia de la bienaventurada y gloriosa siempre Virgen María. el miércoles de la 2.1 semana de Adviento, en presencia de dicho señor Hugo, obispo de Grenoble, de sus canónigos y de muchas otras personas, tanto sacerdotes como clérigos, reunidos para el santo sínodo, el cinco de los idus de diciembres. Éste es el clima espiritual y humano que vivieron Bruno y sus compañeros los primeros años de Cartuja. Indudablemente, aquello era un acierto en el sentido providencial de la palabra: la intención de Bruno, las vocaciones personales de sus compañeros y hasta los deseos íntimos de Hugo de Grenoble, todo parecía converger para realizarse en perfecta armonía. Bruno podía creer por fin que había alcanzado el puerto por el que suspiraba su alma. Durante seis años siguió esta vida que consideraba como la más pura, la más santa, la más consagrada a Dios y también la más eficaz en un mundo en el que la misma Iglesia institucional, demasiado comprometida en intereses políticos y temporales, se corrompía. En la Cartuja creía haber encontrado definitivamente ese estar a solas con Dios, que consideraba como el preludio del cara a cara eterno. La gente del Delfinado no se equivocó al valorar la importancia espiritual de lo que pasaba en Chartreuse. «Desde el principio, escribe un historiador del siglo XVII, a estos santos extranjeros se les llamó ermitaños, y a su jefe, el ermitaño por excelencia. Su llegada al país inició una nueva era; las actas de aquel año sólo llevan una fecha: el año en que llegó el ermitaño». Dios iba a enseñarle, y a enseñarnos por medio de su vida, que existe una soledad aún más profunda que la soledad del desierto... La soledad de la obediencia y el don de sí a aquellos que uno no ha escogido, sino que se los ha elegido el Señor: «Otro te ceñirá y te llevará adonde tú no querías ir» (Jn. 21,18). La frase de Jesús a San Pedro se realizará en Bruno.
DEJA FRANCIA, PASA A ITALIA El Papa Urbano II llamó junto a sí varias veces a personajes importantes para aconsejarse de ellos. Así, en mayo de 1089, Renaud du Bellay, arzobispo de Reims, partió para Roma invitado por el Papa. Ahora bien, Renaud había sido nombrado para la sede de Reims después de la renuncia de Bruno. Renaud permaneció algún tiempo con el Papa: asistió al Concilio de Menfi en 1089, y, el 25 de diciembre del mismo año, se le concedieron importantes privilegios que le atribuían el palio, el primado de la provincia eclesiástica de la segunda Bélgica y ratificaban el derecho de la sede de Reims a consagrar a los reyes de Francia. Después de las fiestas navideñas, Renaud volvió a su diócesis. ¿No sería quizá él quien se encargase de transmitir a Bruno la orden de trasladarse a Roma? No pudo menos de hablar de Bruno con Urbano II. Por otra parte, el Papa y el obispo medían bien la gravedad de la decisión: arrancar a Bruno de esta experiencia espiritual ¿no era condenar a muerte a la naciente empresa, tan cargada de promesas? Pero al fin el Papa se decidió a correr este riesgo... En realidad, si su obediencia fue absoluta e incondicional en cuanto conoció la orden de Urbano II, la noticia provocó entre los ermitaños que vivían con Bruno una gran desmoralización. ¿Cómo imaginar el desierto de Chartreuse sin la presencia de quien era su alma? Así, pues, decidieron dispersarse. El tiempo urgía. Como sus compañeros estaban decididos a no continuar sin él la experiencia de Chartreuse, Bruno tenía que solucionar, antes de partir, la cuestión de la propiedad. De acuerdo con el obispo de Grenoble, Hugo, que tenía jurisdicción sobre las tierras de Chartreuse, se decidió que el dominio pasase a la Abadía de Chaise-Dieu, representada por su abad Seguin. El eremitorio de Chartreuse. ese fruto de su amor divino, esa realidad que él había concebido, formado, construido y organizado para ofrecérsela a Dios en sacrificio de alabanza, quedaba ahora de pronto aniquilada por un mandato de la Iglesia, por una orden de un antiguo discípulo suyo, hoy convertido en Papa.
PENSANDO EN ABRAHAM Ante tales inmolaciones se suele recordar a Abraham sacrificando con sus propias manos al hijo de la Promesa, Isaac. La imagen es justa. No cabe duda que. en el momento de obedecer. Bruno tenía conciencia de haber creado algo grande para Dios, un género de vida rico en promesas para la reforma de la Iglesia: al mismo tiempo veía que su salida de Chartreuse lo aniquilaba. Pero he aquí que sus compañeros dispersos vuelven sobre sus pasos y, reflexionando mejor sobre los consejos de Bruno, empiezan a dudar de la sensatez de su decisión. Este pudo haberse quedado en los alrededores de Chartreuse esperando a que volviera de Chaise-Dieu Hugo de Grenoble, o también estar de vuelta con él después de haberle acompañado para hablar con Seguin en Chaise-Dieu. De todos modos, Bruno y sus hijos vuelven a examinar su situación. Bruno no ha cambiado de parecer: aconseja a sus hijos que permanezcan en la Cartuja y continúen aquella común experiencia espiritual. Él, desde Roma, les seguirá siendo fiel y les ayudará con sus consejos y su amistad. Y después, ¿quién sabe si algún día las circunstancias, entonces tan mudables, le permitirían volver?... Ahora la situación cambia por completo. Se acepta el consejo de Bruno y se reagrupa la comunidad. Bruno les da un nuevo Prior en la persona de Landuino. Pero entonces surge un problema muy grave: aquel grupo de ermitaños ya no es propietario de Chartreuse. Y este derecho de propiedad, que les asegura su subsistencia e independencia, es indispensable para vivir de nuevo su vocación. Bruno solicitó de Seguin la retrocesión de las tierras, paso que no dejaba de ser humillante para él: aunque fuera segura su estabilidad personal en el plan trazado, el hecho de que los del grupo se volvieran atrás podía parecer a los ojos de quienes conocían mal la vida de los ermitaños un signo de inconstancia y una prueba de inseguridad con respecto al futuro de la fundación. Según nuestra hipótesis, Bruno partió para Roma en febrero de 1090, acompañado probablemente de su amigo Guillermo, abad de Saint-Chaffre, que también iba a Roma por asuntos de su abadía. En este viaje, Bruno llevaba el alma embargada de graves preocupaciones. ¿Perseveraría el grupo que con sus ruegos y alientos se había vuelto a reunir? ¿Estaría Landuino a la altura de su cargo de Prior? ¿Cómo recibirían en Chaise-Dieu la demanda de retrocesión? En este mes de septiembre de 1090 vemos, pues, restablecido en su primer estado el eremitorio de Chartreuse. Bruno está lejos, pero no ausente... Dentro de unos diez años podremos comprobar, por el contrario, el fervor, la unidad del grupo, la fidelidad de Landuino y la intensidad de la presencia invisible de Bruno entre sus hijos de Chartreuse.
ROMA El esfuerzo de Bruno por adaptarse al ritmo de vida de la corte pontificia parece haber sido leal. Es verdad que las circunstancias no eran muy favorables para tal adaptación: la difícil diplomacia de aquel tiempo, la guerra, el cisma, las intrigas, creaban un clima, un mundo en el que Bruno no llegaba a encajar. Y en el fondo de su corazón se dejaba sentir, tanto más vivo cuanto más lo contradecía la situación, el deseo de soledad y sosiego. ¿Cómo hubiera podido adaptarse al tumulto de la corte romana desterrada en aquel otoño de 1090, quien había gustado la paz, la oración, la amistad y la intimidad divina del eremitorio de Chartreuse? Bruno expuso a Urbano II su desasosiego y solicitó el permiso de abandonar de nuevo la corte para volver a su desierto. Urbano II decidió que se eligiera a Bruno para la sede de Reggio. ¿En qué fecha? Para precisarla disponemos de una referencia cierta. Rangier, el monje benedictino del monasterio de La Cava, que finalmente fue elegido arzobispo de Reggio, firmaba ya una carta de confirmación en diciembre de 1091. Por consiguiente, hay que situar la propuesta del arzobispado de Reggio a Bruno y su negativa, entre el verano de 1090 (llegada de Bruno a la corte pontificia) y noviembre de 1091. No tiene nada de extraño esta prisa. Varias veces Urbano II nombró casi inmediatamente obispos, e incluso cardenales, a personalidades que llamaba junto a sí y que quería vincular al servicio de la Santa Sede. Adelantaba el curso de las elecciones, manifestado su deseo; los electores, que apenas conocían a los candidatos se fiaban de la elección del Papa. Este fue claramente el caso de Bruno: de hecho fue elegido «Ipso Papa volente», por deseo expreso del Papa. El derecho autorizaba al elegido a rehusar la sede para la que había sido designado. Decididamente, Bruno usó de este derecho. Tal como le conocemos, este asunto debió crearle una grave crisis de conciencia. Toda su fe y su fidelidad a la Iglesia le impulsaban a servir a Urbano II, asumiendo la responsabilidad de la carga que juzgaba conveniente confiarle. Pero aceptar el arzobispado de Reggio era comprometerse definitivamente en una vida cuyo bullicio y estilo cortesano despertaba en él una repugnancia invencible. La soledad y el reposo interior constituían su vocación más profunda, como lo sabía muy bien después de seis años de Cartuja. Obispo. y sin duda muy pronto cardenal, hubiera tenido que acompañar al Papa en sus desplazamientos, tomar parte en todos los asuntos y grandes asambleas de la Iglesia, viéndose mezclado de cerca en la diplomacia pontificia... Y todo esto, sin esperanza de volver jamás a la soledad. ¡Qué importancia tiene este momento en la vida de San Bruno! Debió de tener conversaciones francas e íntimas con el Papa, abriéndole su alma y exponiendo sus deseos, sus aspiraciones, su camino. Y Urbano, que podía mantener y confirmar su orden imponiendo a Bruno el episcopado bajo censuras eclesiásticas, reconoció al fin en su antiguo Maestro una vocación excepcional, un llamamiento particular... Rangier fue elegido para la sede de Reggio. La decisión honraba tanto a Urbano II como a Bruno. Los dos se inclinaron ante esa realidad misteriosa, pero clara y real e imperiosa, que se llama vocación de Dios. Bruno, para tener el valor de contrariar un deseo del Papa; Urbano II, para renunciar a los servicios de un hombre a quien juzgaba muy apto para ayudarle y aconsejarle en sus dificultades. En ese nivel de inspiración divina, superior a la sabiduría humana y a la más santa amistad, parece que hemos de situar la decisión del Papa al dejar en libertad a Bruno. Urbano II, no lo olvidemos, había sido monje.
DEFINITIVAMENTE CARTUJO Bruno descubre ahora esa vocación contemplativa con toda su pureza e intransigencia, con todas sus exigencias y su sed de absoluto. Dios estaba allí evidentemente. Imponiendo sus designios y sus caminos. ¿Cómo no iba a comprender el antiguo hijo de San Benito que, en el plano del verdadero bien de la Iglesia, Bruno ermitaño, continuando su obra contemplativa, pesaba mucho más que Bruno arzobispo de Reggio y dignatario de la corte pontificia? Hace unos meses Bruno había sacrificado su vocación de ermitaño a una llamada del Papa; ahora Urbano II sacrificaba su llamamiento ante una llamada superior descubierta en el alma de Bruno. A través de este sacrificio, la Iglesia reconocía el valor eminente de la vida puramente contemplativa para su obra de Redención. Estamos en un punto cumbre de la vida de Urbano y de la de Bruno. Aquí se presenta una cuestión que la historia, en el estado actual de los conocimientos, es incapaz de solucionar decisivamente. ¿Por qué Urbano II, que autorizó a Bruno a seguir el camino de la pura contemplación, no le permitió volver sencillamente a Chartreuse? ¿Por qué le orientó hacia una nueva fundación en Calabria? ¿En qué fecha fue Bruno a instalarse en Calabria? Unos dicen que en 1090; otros, en 1091 ó 1092, e incluso hay algunos que retrasan esta fecha hasta 1095. Esto último parece poco verosímil, pues no se ve por qué, estando arreglado el asunto del arzobispado de Reggio, Urbano II obligara a Bruno a permanecer en la corte pontificia. Por el contrarío, es probable que Bruno necesitara algún tiempo para escoger el lugar preciso para su nuevo eremitorio, arreglara todas las cuestiones relativas a su fundación, por pobre que fuera, y reuniera los hombres que habrían de formar su pequeña comunidad. Fijar la fecha del comienzo del eremitorio a fines de 1091 o en los primeros meses de 1092 parece razonable. Pretender determinar con demasiada precisión el tiempo que pasó desde la salida de Bruno de la corte pontificia hasta su nueva fundación sería un tanto temerario. Parece que Bruno permaneció en la corte de Urbano II alrededor de un año.
CALABRIA ¿Cuál era la situación de Calabria cuando Bruno fue a levantar su nueva fundación? Ya hemos aludido a ello, pero conviene que volvamos a evocar el ambiente de aquel tiempo. Bruno se encuentra ahora con dificultades muy distintas de las de Chartreuse. En la primera Cartuja. la fundación le fue facilitada al máximo por Hugo de Grenoble, que comprendía su ideal hasta el punto de hacerlo suyo, apoyándole con toda su autoridad y prodigándole sus consejos y ayuda. Era la naturaleza, el clima, el lugar mismo, lo que creaba una serie de dificultades, que por otra parte favorecían su plan de absoluta soledad. En cambio en Calabria fueron los hombres más que la naturaleza los que entorpecieron su proyecto. Bruno se vio envuelto en un ambiente político y religioso que condicionó pesadamente su fundación y que es preciso describir previamente para comprender bien su obra. A Bruno, sólo le domina una idea: volver a hallar en Calabria, en la medida en que las circunstancias se lo permitan. la soledad y la paz de que había gozado en Chartreuse. ¿Pensó realmente Bruno hallar en Calabria un lugar tan perfectamente adaptado a su idea de la vida eremítica como Chartreuse? Los biógrafos han hecho esfuerzos por explicar. o «realzar» sencillamente, la elección del sitio de La Torre por Bruno. El lugar donde Bruno instaló su nuevo eremitorio se llamaba Santa María de la Torre. Era un desierto situado a 850 metros de altitud, casi equidistante de ambos mares, entre las ciudades de Stylo y Arena. El acta de donación añadía a este donativo una legua cuadrada de terreno lindante con este desierto, con sus bosques, prados, pastos, aguas, molinos y todos los derechos de señorío. Cuando se examina el mapa de la región, no puede uno menos de extrañarse de que Bruno prefiriera este lugar de una soledad relativa y bastante amenazada, a otros rincones más «perdidos» en las montañas de Calabria. ¿Cuestión de prudencia en un país todavía no pacificado por completo? ¿Cuestión de seguridad en medio de una población que había sido perjudicada en una de sus partes (el elemento griego) en beneficio de la otra (el elemento latino)? ¿O quizás porque en el desierto de La Torre había ya algún edificio monacal construido por los griegos? Conviene señalar también que Stylo había sido precisamente uno de los baluartes de la resistencia griega a los normandos en tiempos de la conquista de 1060. De todos modos, Santa María de la Torre no ofrecía a la soledad de los ermitaños las mismas «defensas» naturales que la Chartreuse. En su carta a Raúl le Verd, Bruno empleará para caracterizar su soledad un epíteto de matiz más bien restrictivo: «Vivo en un desierto de Calabria, bastante alejado (satis remotam) de todo poblado». ¿No hubiera reforzado más su expresión si se hubiera tratado del emplazamiento de Chartreuse? A Santa María de la Torre Bruno no partió solo. Tenía compañeros, como cuando se fue a Chartreuse. ¿Quiénes eran? ¿De dónde venían? En la carta a Raúl le Verd, dice que vive «con sus hermanos en religión, algunos de los cuales son muy doctos», lo que da a entender que el grupo se componía de cierto número de ermitaños. La carta no es anterior a 1096, y en esta época la pequeña comunidad debía contar con quince o veinte miembros. A la muerte de Bruno serán treinta. Para fines de 1091 Bruno habla fundado un nuevo eremitorio en Santa María de la Torre, y en él vivía con varios compañeros, laicos y clérigos. Allí permanecerá diez años. A través de las cartas, de los documentos pontificios o episcopales. percibimos la admiración y estima que rodeaban a Bruno: su excepcional y casi legendaria bondad, sus sólidas y escogidas amistades, su profunda piedad, su amor a la soledad y a la paz, su ascendiente humano y espiritual entre sus hermanos y también entre sus contemporáneos, especialmente ante la Santa Sede.
MORIR HABEMOS... A DIOS TENEMOS De la enfermedad que se lo llevó, no sabemos nada. Por la Carta que escribieron sus hijos encabezando el «Rollo de difuntos', sabemos solamente que su muerte fue muy serena. En la semana que precedió a su muerte Bruno quiso hacer su profesión de fe, según costumbre muy extendida en aquella época. «Dándose cuenta, dice la citada Carta, de que se le acercaba la hora de pasar de este mundo al Padre, (Bruno) convocó a sus hermanos y fue evocando las distintas etapas de su vida desde la infancia, recordando los sucesos más notables de su tiempo. Después expuso su fe en la Trinidad mediante una alocución profunda y detallada y concluyó así: Creo también en los sacramentos que cree y venera la Iglesia, y expresamente que el pan y el vino que se consagran en el altar son después de la consagración el verdadero cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, su verdadera carne y su verdadera sangre., que recibimos en remisión de nuestros pecados y como prenda de la vida eterna. El domingo siguiente su alma santa se separó de su cuerpo; era el 6 de octubre del año del Señor 1101». Ante tal sencillez huelgan los comentarios. Durante mucho tiempo el texto íntegro de su profesión de fe permaneció olvidado. Lo encontró Dom Constancio de Regetis en los archivos de Santa María de la Torre. Por desgracia, el manuscrito estaba muy deteriorado, carcomido y difícil de descifrar en varios pasajes. Dom Constancio transcribió el texto y lo envió al General de los cartujos en 1522. He aquí la traducción del texto latino publicado en la edición crítica de Sources Chrétiennes: A modo de prólogo, los Hermanos de Calabria pusieron estas conmovedoras palabras: «Hemos cuidado de conservar por escrito la profesión de fe de Maestro Bruno, pronunciada ante todos sus hermanos reunidos en comunidad cuando sintió que se le acercaba la hora de dar el paso que espera todo mortal, porque nos rogó con harto encarecimiento que fuésemos testigos de su fe ante Dios. Sigue la profesión de fe: «1. Creo firmemente en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo: Padre no engendrado, Hijo unigénito, Espíritu Santo procedente de ambos; creo también que estas tres personas son un solo Dios. «2. Creo que et mismo Hijo de Dios fue concebido del Espíritu Santo en el seno de María Virgen. Creo que la Virgen fue castísima antes del parto y que en el parto y después del parto permaneció siempre virgen. Creo que el mismo Hijo de Dios fue concebido entre los hombres como verdadero hombre sin pecado. Creo que este mismo Hijo de Dios fue apresado por odio de los pérfidos judíos (1), tratado injuriosamente, atado injustamente, escupido y azotado. Creo que fue muerto y sepultado, que bajó a los infiernos para librar de allí a los suyos cautivos. Descendió por nuestra redención, resucitó y subió a los cielos, de donde ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. «3. Creo en los sacramentos que cree y venera la Iglesia, y expresamente en que lo consagrado en el altar es el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de nuestro Señor Jesucristo, que nosotros también recibimos en remisión de nuestros pecados y como prenda de salvación eterna. Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Amén. «4. Confieso mi fe en la santa e inefable Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios natural, de una sola substancia, de una sola naturaleza, de una sola majestad y potencia. Creemos que el Padre no ha sido engendrado ni creado, sino que es ingénito. El mismo Padre no recibe su origen de nadie; de Él recibe el Hijo su nacimiento y el Espíritu Santo, la procesión. Es, pues, la fuente y el origen de la divinidad. El mismo Padre, inefable por esencia, engendró inefablemente de su substancia al Hijo, pero sólo engendró lo que Él es: Dios engendró a Dios; la luz engendró a la luz; de Él, pues, procede toda paternidad en el cielo y en la tierra. Amén». El 6 de octubre de 1101 moría Bruno. Tenía algo más de 70 años, y hacía 17 que había fundado el eremitorio de Chartreuse. |
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| 1. Esta palabra, «pérfidos», nos hiere hoy día. Téngase en cuenta la mentalidad de la época. |