Conviene señalar también que Stylo había sido precisamente uno de los baluartes de la resistencia griega a los normandos en tiempos de la conquista de 1060. De todos modos, Santa María de la Torre no ofrecía a la soledad de los ermitaños las mismas «defensas» naturales que la Chartreuse. En su carta a Raúl le Verd, Bruno empleará para caracterizar su soledad un epíteto de matiz más bien restrictivo: «Vivo en un desierto de Calabria, bastante alejado (satis remotam) de todo poblado». ¿No hubiera reforzado más su expresión si se hubiera tratado del emplazamiento de Chartreuse?

A Santa María de la Torre Bruno no partió solo. Tenía compañeros, como cuando se fue a Chartreuse. ¿Quiénes eran? ¿De dónde venían? En la carta a Raúl le Verd, dice que vive «con sus hermanos en religión, algunos de los cuales son muy doctos», lo que da a entender que el grupo se componía de cierto número de ermitaños. La carta no es anterior a 1096, y en esta época la pequeña comunidad debía contar con quince o veinte miembros. A la muerte de Bruno serán treinta.

Para fines de 1091 Bruno habla fundado un nuevo eremitorio en Santa María de la Torre, y en él vivía con varios compañeros, laicos y clérigos. Allí permanecerá diez años.

A través de las cartas, de los documentos pontificios o episcopales. percibimos la admiración y estima que rodeaban a Bruno: su excepcional y casi legendaria bondad, sus sólidas y escogidas amistades, su profunda piedad, su amor a la soledad y a la paz, su ascendiente humano y espiritual entre sus hermanos y también entre sus contemporáneos, especialmente ante la Santa Sede.

 

 MORIR HABEMOS...

A DIOS TENEMOS

 De la enfermedad que se lo llevó, no sabemos nada. Por la Carta que escribieron sus hijos encabezando el «Rollo de difuntos', sabemos solamente que su muerte fue muy serena.

En la semana que precedió a su muerte Bruno quiso hacer su profesión de fe, según costumbre muy extendida en aquella época. «Dándose cuenta, dice la citada Carta, de que se le acercaba la hora de pasar de este mundo al Padre, (Bruno) convocó a sus hermanos y fue evocando las distintas etapas de su vida desde la infancia, recordando los sucesos más notables de su tiempo. Después expuso su fe en la Trinidad mediante una alocución profunda y detallada y concluyó así: Creo también en los sacramentos que cree y venera la Iglesia, y expresamente que el pan y el vino que se consagran en el altar son después de la consagración el verdadero cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, su verdadera carne y su verdadera sangre., que recibimos en remisión de nuestros pecados y como prenda de la vida eterna. El domingo siguiente su alma santa se separó de su cuerpo; era el 6 de octubre del año del Señor 1101». Ante tal sencillez huelgan los comentarios.

Durante mucho tiempo el texto íntegro de su profesión de fe permaneció olvidado. Lo encontró Dom Constancio de Regetis en los archivos de Santa María de la Torre. Por desgracia, el manuscrito estaba muy deteriorado, carcomido y difícil de descifrar en varios pasajes. Dom Constancio transcribió el texto y lo envió al General de los cartujos en 1522. He aquí la traducción del texto latino publicado en la edición crítica de Sources Chrétiennes:

A modo de prólogo, los Hermanos de Calabria pusieron estas conmovedoras palabras: «Hemos cuidado de conservar por escrito la profesión de fe de Maestro Bruno, pronunciada ante todos sus hermanos reunidos en comunidad cuando sintió que se le acercaba la hora de dar el paso que espera todo mortal, porque nos rogó con harto encarecimiento que fuésemos testigos de su fe ante Dios.

Sigue la profesión de fe:

«1. Creo firmemente en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo: Padre no engendrado, Hijo unigénito, Espíritu Santo procedente de ambos; creo también que estas tres personas son un solo Dios.

«2. Creo que et mismo Hijo de Dios fue concebido del Espíritu Santo en el seno de María Virgen. Creo que la Virgen fue castísima antes del parto y que en el parto y después del parto permaneció siempre virgen. Creo que el mismo Hijo de Dios fue concebido entre los hombres como verdadero hombre sin pecado. Creo que este mismo Hijo de Dios fue apresado por odio de los pérfidos judíos (1), tratado injuriosamente, atado injustamente, escupido y azotado. Creo que fue muerto y sepultado, que bajó a los infiernos para librar de allí a los suyos cautivos. Descendió por nuestra redención, resucitó y subió a los cielos, de donde ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

«3. Creo en los sacramentos que cree y venera la Iglesia, y expresamente en que lo consagrado en el altar es el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de nuestro Señor Jesucristo, que nosotros también recibimos en remisión de nuestros pecados y como prenda de salvación eterna. Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Amén.

«4. Confieso mi fe en la santa e inefable Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios natural, de una sola substancia, de una sola naturaleza, de una sola majestad y potencia. Creemos que el Padre no ha sido engendrado ni creado, sino que es ingénito. El mismo Padre no recibe su origen de nadie; de Él recibe el Hijo su nacimiento y el Espíritu Santo, la procesión. Es, pues, la fuente y el origen de la divinidad. El mismo Padre, inefable por esencia, engendró inefablemente de su substancia al Hijo, pero sólo engendró lo que Él es: Dios engendró a Dios; la luz engendró a la luz; de Él, pues, procede toda paternidad en el cielo y en la tierra. Amén».

El 6 de octubre de 1101 moría Bruno. Tenía algo más de 70 años, y hacía 17 que había fundado el eremitorio de Chartreuse.

       

 

 

          1. Esta palabra, «pérfidos», nos hiere hoy día. Téngase en cuenta la mentalidad de la época.