Tradicionalmente las Cartujas se edifican en lugares solitarios y todas ofrecen esencialmente la misma distribución. Tomamos como ejemplo representativo la de Miraflores, cuyas dependencias describiremos.

 

LA IGLESIA

 La iglesia de Miraflores es de una sola nave, alargada, ¿en detrimento de la proporción? De primera impresión es fría, oscura, regia (1). Tiene tres partes: el presbiterio, el coro de los Padres y el coro de los Hermanos. El presbiterio se encuentra ligeramente elevado sobre el resto de la iglesia. Al lado derecho se halla la silla, que el sacerdote ocupaba durante la liturgia de la palabra. Al lado izquierdo, un lectorio adosado a la pared que servía al diácono para leer el Evangelio en la Misa conventual. Hoy día, la Misa conventual se celebra en la nave de la iglesia en un altar portátil. El lectorio y la silla del presbiterio, de tan bella factura, han sido sustituidos por un facistol y una silla muy sencillos.

Un ornamentado tabique de tres metros divide la iglesia en dos apartados. De éstos, el más próximo al presbiterio recibe el nombre de «coro de los Padres». La sillería, de seria madera noble, ocupa los dos muros laterales del coro. Las sillas están separadas por una pequeña y artística aleta de madera que favorece el recogimiento de los monjes en el rezo de los oficios del coro. Ante la sillería, un alargado pupitre sirve para colocar los pesados libros de coro. Cada libro sirve para dos monjes (2).

El centro del coro lo preside, solemne, solitario, el facistol. En él se proclaman las lecturas y a veces el rezo de las preces.

Una sencilla puerta abierta en el tabique de separación, da acceso al coro de tos Hermanos. Es semejante al de los Padres. El número de sillas más reducido. Adosados al tabique de separación hay dos altares. En la actualidad los Hermanos pueden, si lo desean, pasar al coro de los Padres y participar, activamente, en los oficios litúrgicos.

 

EL CAPÍTULO

 El Capítulo es lugar decisivo en la Cartuja. Una gran sala abovedada, con un altar al fondo tiene aspecto de iglesia. Adosado a los muros se ve un banco corrido con respaldo de madera. Los Estatutos determinan la función del Capítulo en estos términos:

«El Capítulo es un lugar importante de la casa: en él fuimos un día recibidos como los más humildes servidores de todos; en él reconocemos ante nuestros hermanos las faltas cometidas, oímos la lectura sagrada y deliberamos sobre cuestiones relativas al bien común».

En la vigilia de ciertas solemnidades nos reunimos todos en el Capítulo para escuchar el sermón del Prior. Después de Nona, los domingos y solemnidades, los Padres y, si el Prior lo juzga oportuno, los Hermanos, van al Capítulo para escuchar la lectura del Evangelio o de los Estatutos. Cada dos semanas, o más frecuentemente según la costumbre de las Casas, los Padres reconocen allí públicamente sus faltas... A juicio del Prior, los monjes se reúnen en el Capítulo siempre que haya que deliberar sobre un asunto, o que el Prior pida el parecer de la Comunidad» (3).

 

EL REFECTORIO

 Próximo a la iglesia y al Capítulo, y unido a ellos por un pequeño claustro, está el Refectorio. Es una amplia sala con los bancos y mesas dispuestas a lo largo de la pared, dejando libre el centro. La mesa del fondo está reservada al Prior; las mesas laterales las ocupan los monjes por orden de antigüedad, primero los Padres y a continuación los Hermanos. Cada monje tiene delante de sí los cubiertos, una jarra para el agua, otra para el vino y un tazón de dos asas que hace las veces de vaso.

En el Refectorio sólo se come los domingos, solemnidades y días de sepultura. Durante la comida, todos los monjes permanecen cubiertos con la capucha y guardan riguroso silencio. Desde el púlpito un monje lee la Biblia u otra lectura espiritual; de esta forma, como dicen los Estatutos, «mientras se nos sirve el alimento corporal nos nutrimos de la lectura divina» (4).

 

 LAS CELDAS DE LOS PADRES

 La iglesia, el capítulo y el refectorio son lugares importantes en la Cartuja; pero lo más característico de ella son las celdas del gran claustro.

Es el gran claustro un largo corredor en forma de cuadrilátero al que dan las puertas de todas las celdas. El espacio interior del gran claustro lo ocupa un amplio jardín, reservado, en parte, al cementerio.

La palabra «celda», que los cartujos vienen aplicando a sus moradas desde los orígenes de la Orden, induce inevitablemente a error, pues evoca la idea de una pequeña habitación. En realidad la celda del cartujo es una casita de dos plantas en cuyo recinto hay lugar para una sala de estudio, un oratorio, un pequeño taller de carpintería y hasta para un huerto o jardín. Su relativa amplitud se explica por el género de vida marcadamente eremítico de la Orden: el cartujo pasa su vida en la celda; las únicas salidas son, normalmente, para ir por la mañana a la Misa conventual, para asistir por la tarde al canto de Vísperas, a los Maitines a media noche, para el paseo del lunes y, los domingos, para los oficios litúrgicos y la recreación. Los Estatutos, copiando un párrafo de Dom Guigo, dicen gráficamente que la celda es para el cartujo lo que el agua para el pez y el aprisco para las ovejas (5).

Una letra del alfabeto pintada sobre una tablilla remata el dintel gótico de cada puerta. De ésta cuelga un llamador de madera unido al extremo de una cuerda, de forma que al tirar de él, hace sonar una campanilla colgada en el techo de la habitación superior.

La primera pieza de la celda es un zaguán bastante amplio presidido por la cruz y un cuadro o imagen de Nuestra Señora. A sus pies, de rodillas en un reclinatorio, el cartujo reza un Ave María siempre que entra en la celda. Por esta razón, a dicha pieza se le llama el «Ave María». Cerca de la puerta hay un armario-mesa con los útiles necesarios para la comida. A un lado, abierto en el grueso muro, puede verse un ventanillo en el que el Hermano despensero deposita la comida que el monje retirará en el momento de tomar su refección.

Del «Ave María» se pasa a una galería bien iluminada que sirve de taller de carpintería. Para trabajar la madera se dispone de un torno accionado a pedal, de un banco de carpintería y de las herramientas más corrientes. Uno de los extremos de la galería está ocupado por el servicio higiénico. En el otro extremo, una puerta nos conduce al huerto o jardín de la celda que cada cartujo cultiva según sus gustos. El cuidado del jardín o huertecillo sirve tanto de ejercicio físico como de apacible recreación y esparcimiento espiritual.

Volviendo al «Ave María», una puerta abierta en el muro nos lleva a una estrecha estancia en la que se guarda la leña para el invierno. Colgando de la pared aquí y allá pueden verse el sombrero de paja y el bastón que se usan en los días de paseo, el delantal y la cogulla de trabajo; tampoco suele faltar una sierra, el hacha y un gran cepo para partir la leña. De esta reducida estancia, una empinada escalera nos conduce a la planta superior de la celda.

La habitación principal o sala de estudio es una pieza de cuatro metros de largo por tres de ancho. Está iluminada por una ventana que se abre sobre el jardín. El mobiliario de esta habitación lo forman una mesa y sillón de madera, en los que se adivina con facilidad su manufactura casera, y una estantería para los libros. En ninguna celda faltan la Biblia, unos gruesos tomos de autores cartujanos, el sabroso y recio «Ejercicio de perfección», del P. Rodríguez, las obras de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, unos sólidos manuales de Dogma y Moral, los documentos del Vaticano II y «El Criterio» de Balmes, que un juicioso Prior hizo poner en todas las celdas.

Separado de la habitación por un fino tabique y unas cortinas está el «cubiculum», es decir, una diminuta alcoba o dormitorio. La cama es en realidad una tarima sobre la que se asienta un sencillo colchón.

Junto al «cubiculum» se encuentra el cuarto de baño. En un ángulo de la habitación hay una estufa, que se alimenta con madera, para los fríos días de invierno.

En el otro lado de la habitación una puerta conduce al oratorio. Es éste una pieza de 3,50 x 2,50 m., iluminada por una pequeña ventana que cae sobre el jardín. Está presidido por un pequeño altar sobre el que descansa un crucifijo y una imagen de Nuestra Señora. Delante del altar hay un sencillo reclinatorio en el que se arrodilla el monje para orar. Esta es la celda del cartujo: en ella pasa sus días y sus años en silencio, a solas con el Señor.

 

 LAS CELDAS DE LOS HERMANOS

 Los Hermanos viven en un claustro separado del de los Padres. Como buena parte del día están empleados en los trabajos del monasterio, sus celdas son de dimensiones más reducidas. Cada Hermano dispone de una habitación espaciosa y bien arreglada. La alcoba da suficiente espacio para la cama y para un armario donde guarda la ropa. Todas las celdas tienen su cuarto de aseo con lavabo y retrete, su pequeña estantería con libros de devoción, un armario-mesa para comer, la mesa de estudio, dos sillas y, finalmente, en el lugar más recogido de la habitación, un reclinatorio con alguna devota imagen de Nuestra Señora y el omnipresente crucifijo. Los Hermanos disponen también, como los Padres, de una elemental, pero suficiente estufa que se carga con madera y se suele emplear en los crudos días del invierno burgalés.

 

LAS «OBEDIENCIAS»

 En un lugar próximo al claustro de los Hermanos se encuentran las «obediencias. Con esta palabra se entiende en la Cartuja el conjunto de talleres y dependencias donde trabajan los Hermanos bajo la dirección del P. Procurador. Próxima al refectorio está la cocina y la despensa. y esparcidas según las conveniencias de la casa están la panadería, la lechería, sastrería, lavadero, zapatería, carpintería, fragua, taller de electricidad y garaje. Se procura dotar a cada «obediencia» de máquinas modernas para favorecer la soledad de los Hermanos en el trabajo y aumentar su rendimiento.

Rodeando al monasterio están los campos de cultivo y la huerta. Una larga tapia cierra completamente el recinto de los edificios y fincas asegurando así la soledad de los monjes.

Bajo el punto de vista meramente material, la Cartuja ofrece al visitante el aspecto de un poblado bien ordenado y que, en gran parte, se autoabastece.

 
     

 

     
 

(1) La iglesia de Miraflores tiene 56 m. de longitud, por 10 m. de ancho y 16 m. de altura. Normalmente las iglesias de otras Cartujas son de dimensiones más reducidas.

(2) Estos libros fueron cuidadosamente editados a finales del siglo pasado y primeros años del actual en la Cartuja de Notre-Dame-des-Pres. Un antifonario pesa 15 kgs. y abierto ocupa una extensión de 86x55 cms. Debido a la reforma litúrgica ha sido necesario corregirlos y completarlos pacientemente, sin necesidad de hacer nueva edición.

(3) E.O.C. Libro 3º., capítulo 22, número 4.
La primera edición de "Diálogos" fue en 1981, estando en vigor los Estatutos Renovados de 1973. Las citas de los Estatutos, en esta primera edición, estaban indicadas por E. R. Pero la promulgación del nuevo Código de Derecho Canónico, en 1983. obligó a algunos retoques. Los Estatutos se llaman ahora Estatutos de la Orden Cartujana. Las citas, en esta segunda edición están indicadas por E.O.C.

(4) E.O.C. 3.22.7.

(5) E.O.C. 1.4.2 y Consuetudines Cartusiae 14.5.