s (9).
- ¿Cuándo se convirtió esta costumbre en ley?
- Fue el Capítulo General de 1254 quien convirtió esta costumbre en ley. Este solemne documento supone que la abstinencia perpetua de carnes es una marca distintiva de la Orden, pues señala nada menos que la pena de expulsión de la Orden a todo posible transgresor. Durante siglos se ha mantenido la abstinencia perpetua de carnes con un rigor y una casuística que hoy nos parecen exagerados. Los Estatutos actuales se limitan a recordar la obligación sin señalar penas.
- ¿Y si enferman o tienen que salir de la Cartuja?
- Por no llamar la atención y sobre todo por no causar molestias, los enfermos que deben ser hospitalizados no están obligados a la ley. Estando de viaje «no se puede quebrantar esta ley, sino cuando resulte violento rechazar dicha comida por caridad con quienes nos hospedan» (10).
- ¿Toman café?
- Tan sólo a los huéspedes se sirve café y licores: los cartujos sólo los toman una o dos veces al año, en algún gran acontecimiento.
- ¿Pueden fumar?
- El tabaco está prohibido «por razones de abnegación y pobreza» (11). Efectivamente, con frecuencia la austeridad de vida se confunde con la pobreza evangélica.
- Cuando se penitencian, ¿qué instrumentos usan?
- Como instrumento de penitencia se usa el cilicio, que consiste en dos piezas de tejido de crines de caballo unidas por unos tirantes y sujetas a la cintura por una gruesa cuerda.
- ¿Los Hermanos, también?
- Los Hermanos no usan cilicio pues en los trabajos pesados les podría resultar molesto en extremo.
- En resumen...
- Éstos son los aspectos más destacados de la ascesis cartujana. La Orden los juzga suficientes y, con un gran sentido de prudencia, ordena formalmente que «nadie se entregue a ejercicios de penitencia fuera de los indicados en los Estatutos, a no ser con el conocimiento y aprobación de su Prior» (12). Esta aprobación no la suelen conceder con facilidad. Es cierto que las Efemérides nos muestran a un gran número de cartujos entregados a santas locuras ascéticas en nada inferiores a las de los Padres del desierto. A pesar de su número, no cabe duda de que se trata de casos excepcionales que seguían impulsos extraordinarios de la gracia. Dionisio el Cartujano, por ejemplo, pasó su vida entregado a la oración y al estudio; apenas dormía y sus comidas no merecían el nombre de tales; cuando se le aconsejaba prudencia, solía responder con humor que a nadie aconsejaba seguir su ejemplo, pero que él podía hacerlo muy bien pues tenía la cabeza de hierro y el estómago de bronce.
- ¿No hay mucho peligro en esto?
- Los peligros de las mortificaciones imprudentes son muchos. La salud puede perderse para siempre, y los Maestros de novicios saben muy bien que una de las tentaciones más frecuentes de los principiantes es la de querer llegar de golpe a lo que los santos llegaron a fuerza de mucha gracia y mucho tiempo. Una ofensiva ascética sin tregua y sin admitir respiro conduce casi siempre a la dureza, la intransigencia o a desequilibrios más importantes. Una idea semejante de la ascesis está muy lejos del espíritu de la Cartuja que ha heredado de San Bruno su moderación y equilibrio. El Santo, en carta a su amigo Raúl, le describe con entusiasmo la amenidad de los paisajes de Calabria y, por si su amigo se extrañara de estas expansiones menos espirituales, aclara: «... estas vistas sirven frecuentemente de solaz y respiro a nuestro frágil espíritu, cuando está fatigado por una dura disciplina y la continua aplicación a las cosas espirituales. El arco siempre armado, o flojo, o quebrado» (13).
- Para acabar el tema: ¿cuáles son los rasgos del espíritu cartujano?
- La soledad, el silencio, la «quies» cartujana, la simplicidad de costumbres y la vida penitente definen los rasgos más destacados del espíritu cartujano, que coincide con las líneas maestras de la tradicional espiritualidad del desierto.
(1) E.O.C. 1.3.1.
(2) Consuetudines LXXX. XI y E.O.C. 0.2.11. Elogio de la vida solitaria.
(3) Perfectae Caritatis, 7.
(4) E.O.C. 1.3.1.
(5) E O.C. 2.13.2.
(6) E O. C. 1.6.16.
(7) E. O. C. 17.3.
(8) «Ejercicio de Perfección». P. II, 1. II. cap. 9.
(9) De Miraculis P. L. 189. 944.
(10) E.O.C .48.10.
(11) E.OC. 6.48.12.
(12) E.O.C. 1.7.8.
(13) P.L. 182.421. y E.O.C. 6.48.9.