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LOS MAITINES DE MEDIA NOCHE
- Un tanto extraños creo que son los horarios de la Cartuja... ¿no? - Bastante curiosos, sí. - Será duro al principio... - Bien lo saben los postulantes, a quienes resulta difícil conciliar el sueño. - ¿A qué hora se acuestan? - A las siete y media u ocho de la tarde. En verano todavía hay sol en el horizonte. - Acostados a las siete y media u ocho de la tarde... ¿a qué hora se levantan? - A las once y media de la noche. A esa hora la campana de la torre llama a los cartujos a la oración. - ¿Y se levantan todos? - Sólo los Padres. Los Hermanos todavía seguirán durmiendo hasta las doce de la noche. - De modo que el día del cartujo comienza a las once y media de la noche. - Sí. - Y ¿qué hacen los cartujos a esas horas? - Ante todo, como es lógico, se asean. Luego van al oratorio de su celda, se arrodillan y comienzan su misión de alabanza recitando Maitines de Beata. - ¿De qué? - Maitines de Beata. El oficio de la Santísima Virgen en la Cartuja recibe el nombre abreviado de Oficio de Beata (Virgine Maria). Cada hora de este oficio precede a la Hora correspondiente del Oficio Canónico, con excepción de Laudes y Completas. El tiempo restante lo emplea el cartujo en oración. - Bien comienza el día... - A las doce y cuarto de la noche vuelve a sonar la campana de la torre. - ¿Para qué? - Verá. Toda la comunidad, Padres y Hermanos, se dirigen a la iglesia en ordenada fila, a través de los solitarios claustros, apenas iluminados. - Y una vez han llegado a la iglesia... - Una vez en la iglesia, colocados los pesados libros de coro sobre los atriles, se apagan las luces y se hace un profundo silencio. A una señal del Prior comienza el canto de Maitines. - ¿Qué son los Maitines? - Los Maitines se componen de dos partes llamados nocturnos, con seis salmos cada uno. Los días de fiesta se añade un tercer nocturno de tres cánticos. La salmodia es grave, casi lenta. Al final de cada nocturno hay lecturas de la Sagrada Escritura o de los Santos Padres, y a cada lectura sigue el canto de un responsorio. Los domingos y algunos otros días importantes las lecturas y los correspondientes responsorios son doce; los días feriales por el contrario sólo tienen dos o cuatro lecturas. El canto del Te Deum y la lectura del Evangelio del día ponen fin a los Maitines de doce lecturas; los días restantes terminan con unas hermosas preces por las necesidades de la Iglesia y del mundo. - ¿Y los Hermanos están todo este tiempo en el coro? - Los días de labor, los Hermanos salen de la iglesia una vez terminados los Maitines. - ¿Quedan solos en la iglesia los Padres? - Los Padres, después de unos minutos de oración silenciosa, comienzan el canto de Laudes. Al final del Oficio de Laudes se canta el Benedictus. Se termina con una piadosa antífona en honor de Nuestra Señora. - ¿Y salen para sus celdas? - Todavía no. Acabado el Benedictus los monjes se arrodillan y rezan el Ángelus de medianoche mientras suenan unos lentos toques de campana. - ¿Y vuelven a la celda y se acuestan? - Todavía no. En sus celdas, de vuelta ya, todavía rezan los Padres los Laudes de Beata. - ¿Y qué más? - Se acuestan sin demora. - ¿Y qué hora es para entonces? - La hora de acostarse varía según la duración de los Oficios. Con frecuencia el reloj marca las tres de la madrugada. - Y ¿por qué todo esto...? - Porque el cartujo siente predilección por estas horas de alabanza nocturna. cuando el silencio de la noche convida a una oración más fervorosa.
LA JORNADA DE LA MAÑANA - Bien., bien... y ¿a qué hora se levantan de nuevo? - Los Padres a las siete menos cuarto. Los Hermanos se han levantado una hora antes. Y... - Los Padres a las siete rezan la Hora Prima, seguida de un rato de meditación. - Y ¿la Misa? - A las ocho la campana llama a los monjes a la Misa conventual. Esta Misa es siempre cantada. Los domingos y días de fiesta a la Misa precede el canto de la Hora Tercia. - Acabada la Misa conventual... - Los Hermanos, en sus celdas, hacen un cuarto de hora de acción de gracias por la Misa y, después, se disponen para el trabajo hasta la Hora de Sexta. Los Padres celebran la Misa rezada en capillitas destinadas a este fin. De vuelta a la celda rezan Tercia y hacen un buen rato de lectura espiritual. - Pero Vds. ¿no desayunan? Hasta la hora de comer... ¿qué hacen? - Los estudiantes preparan sus estudios y descansan con algún trabajo manual. Los Padres pueden dedicar este tiempo a la oración, al estudio, al trabajo. - ¿Cuándo comen? - A las once y media, después de rezar la Hora Sexta, tiene lugar la comida, que se hace solitariamente, a excepción de domingos y festivos. - Y después de comer ¿echan siesta? - Después de comer, hasta la una de la tarde, el cartujo suele recrearse un rato en su jardín, haciendo algún trabajo, paseando... A la una reza el Ángelus del mediodía y la Hora Nona. - A partir de entonces... - Los estudiantes emprenden de nuevo sus estudios y antes de Vísperas dedican un rato al trabajo manual. Los Padres gozan de libertad en el empleo del tiempo. Pueden dedicarlo a la oración, al estudio, al trabajo. Los Hermanos vuelven a sus trabajos. - Y ¿no existe variación alguna en el horario...? - Los domingos y festivos la Hora de Nona se canta en la iglesia y a continuación los monjes se reúnen en el Capítulo donde escuchan la lectura del Evangelio o de los Estatutos; después, el que lo desee reconoce sus faltas públicamente; si alguien ha faltado al silencio se le impone una penitencia pública. Del Capítulo se sale a la huerta, o si el tiempo no lo permite al claustro, donde tiene lugar la recreación en común. Los Padres tienen recreo obligatorio todos los domingos y, facultativo, los días festivos. Los Hermanos tienen recreo obligatorio una vez al mes. En los días festivos, la asistencia es libre.
LA JORNADA DE LA TARDE - ¿Y cómo llenan la tarde? - Todos los días hacia las tres de la tarde se cantan las Vísperas en la iglesia. Incluso los Hermanos suelen asistir, aunque no están obligados a ello más que los días festivos y sus respectivas Vísperas. El Oficio de Vísperas viene a durar media hora y se compone de un himno, cuatro salmos con sus antífonas, un responsorio, el Magnificat y se termina con unas hermosas preces y el canto de la Salve, cuya letra y melodía difieren ligeramente de la Salve romana. Después de Vísperas, el tiempo se dedica a ejercicios espirituales que los estudiantes alternan con los estudios. - ¿A qué hora se cena en la Cartuja? - La cena o, en días de ayuno, la colación de pan y vino, tiene lugar a las seis menos cuarto. - ¿Qué hacen después de cenar? - Después de la cena queda un rato de descanso para recrear el ánimo bien sea en el jardín o paseando por la celda. A las seis y media un toque de campana indica a los Hermanos que deben dejar los trabajos y retirarse a sus celdas. - ¿Cuándo y cómo acaba el día del cartujo? - A las siete la campana toca el Ángelus de la tarde. Todavía pueden los monjes prolongar su oración o lectura espiritual durante una hora, aunque se aconseja no retardar el acostarse. El día termina con el rezo de Completas, en las que se da gracias a Dios por los beneficios del día y se le pide su protección para la noche. - Así, entre las siete y media o las ocho de la tarde ha terminado el día dedicado por entero a la oración, al estudio y al trabajo.
LA ORACIÓN La actividad más importante del cartujo es la oración. Esta es el alma de su vida y de sus observancias. Sin ella no se puede comprender la vida del cartujo. La familiaridad con el Salterio, adquirida en las largas horas del Coro, ofrece al monje un alimento insuperable para su oración. Y en ese sentido es posible, y hasta normal, que los salmos sean para el cartujo, como para los antiguos monjes, el armazón de su oración. Al principio no es fácil hacer de los salmos una oración personal, pero con el tiempo pueden llegar a ser la oración preferida. El cartujo reconoce y contempla en los salmos la imagen dolorosa de Cristo prefigurado en los justos perseguidos. Cuando canta los salmos, siente viva la unión con la Iglesia -el nuevo Israel- cuyas miserias y esperanzas tan bellamente reflejan los salmos. Los salmos ofrecen al cartujo las más hermosas fórmulas para alabar al Señor. Con todo, el cartujo goza de gran libertad en su vida de oración. Por lo general se atiende poco a los métodos. La oración tiende a simplificarse cada vez más. Con los años la oración se reduce a un tranquilo, a un reposado estarse con el Señor; un estar intensamente empleado en Él, sin cansancio, sin ruidos, sin palabras. La oración y la vida comienzan a unificarse. Después de años de generoso esfuerzo por buscar sólo a Dios y hacer un desierto interior, el cartujo, normalmente, se verá recompensado por el Señor con el hábito de la oración continua, ocupación tan sencilla y necesaria como el latir del corazón. El alejamiento del mundo, el silencio tranquilo en que transcurre la vida del cartujo y la soledad de su celda son medios muy apropiados para alcanzar este grado de oración. Según la tradición de los Padres del desierto, ésta es la oración perfecta y el ideal gozoso de la vida monástica. Esto es también lo que pretenden los Estatutos, pero ya advierten que «hay que andar mucho por caminos de aridez y sequedad antes de llegar a los manantiales de las aguas y a la tierra de promisión». E.O.C. 1.4.1.
EL ESTUDIO Los Estatutos recogen las directrices de Pío XI sobre el estudio de los contemplativos: «Es un error pensar que, descuidando en un principio los estudios teológicos o abandonándolos después, podremos elevarnos fácilmente a la unión íntima con Dios» (1). Los Estatutos de la Cartuja determinan con claridad la importancia del estudio; pero la vida solitaria y contemplativa exige una modalidad propia que los Estatutos determinan a continuación: «Así fijándonos más en la sustancia del contenido que en el brillo aparente de la expresión, estudiemos los misterios divinos con ese deseo de conocer que nace del amor y aviva la llama del amor» (2). Brevemente: el estudio es necesario a la vida contemplativa a la cual suministra alimento, pero los estudios se deben hacer con espíritu contemplativo. Suele preguntarse si el cartujo puede practicar el apostolado de la pluma o, por el contrario, este apostolado no está de acuerdo con su vocación solitaria y contemplativa. Es sabido que, en todo tiempo, hubo excelentes escritores cartujos, algunos de gran fama. Dom Guigo 1, legislador de la Cartuja, era escritor e, incluso, hizo el primer estudio crítico de las cartas de San Jerónimo. Dionisio el Cartujano fue un escritor extraordinariamente prolífico. Ludolfo de Sajonia, Surio, Molina son nombres conocidos. En tiempos más recientes, algunas obras como «La vida interior» de Dom Francisco de Sales Pollien, editada por Tissot, han conocido verdaderos éxitos editoriales. El papa Pío XII en una carta a la Cartuja de Vedana (3) habla también del apostolado del escribir «en la medida que lo permitan vuestros Estatutos». Sin embargo, varias Ordenaciones de los Capítulos Generales, e incluso los mismos Estatutos, se muestran poco favorables a este apostolado: «Debemos dedicarnos con interés y discreción a estudios apropiados, no por el prurito de saber o de editar libros...» (4). La postura de la Orden no es nueva. En tiempos de Erasmo se apoderó de los cartujos germánicos la fiebre de los estudios humanísticos. La Orden tomó medidas serias. A unos cartujos ganados por el Jansenismo escribía el Reverendo Padre Dom Antonio Montgeffond: «Nosotros no fuimos fundados para enseñar a los fieles sino para edificarles. Nuestra misión consiste esencialmente en una fe humilde, en el silencio, en la plegaria y en la penitencia». El problema desaparece cuando se aclaran los términos: no hay ningún texto que afirme directa ni indirectamente que el cartujo debe ejercer el apostolado del escribir. Hay numerosas órdenes en la Iglesia que cumplen muy bien con estos fines. Pero esto no quiere decir que escribir libros sea contrario al espíritu de la Orden; de hecho, no hay ninguna prohibición formal. En la Cartuja escribir es una ocupación marginal: unas veces será opuesta al espíritu contemplativo, otras no. Difícilmente podrá, por ejemplo, vivir su soledad el cartujo que se dedique a trabajos de investigación histórica, que requieren gran dedicación y numerosa correspondencia epistolar. Pero no todos los casos pueden ser así. De hecho ha sucedido con frecuencia, que el cartujo escriba sin perder su libertad interior, dando a su actividad su justo valor de ocupación marginal y secundaria.
EL TRABAJO Existen órdenes de vida activa que tienen determinadas tareas que realizar según el espíritu de su Fundador. El cartujo tiene un solo trabajo: vivir la intimidad con el Señor, ser en todo momento un hombre de Dios. Para el cartujo, el trabajo manual y el estudio, solamente son ocasiones de alimentar su vida contemplativa. Aunque el trabajo no sea en el monje ningún fin en sí mismo, ocupa lugar muy importante en la tradición monástica. Para los Padres del desierto el trabajo manual es un medio de perfección, una manera de mortificar la carne, de sujetar la imaginación, de vencer el tedio o «acedia». Esta tradición la recogen los Estatutos: «Con el trabajo de manos, el monje se ejercita en la humildad y reduce todo su cuerpo a servidumbre, a fin de que su alma adquiera una mayor estabilidad» (5). Y hay algo más; el monje no es un burgués piadoso. Los Padres del desierto quieren que los solitarios, a imitación de San Pablo, ganen el sustento diario con el trabajo de sus manos y que den lo sobrante en limosna. El trabajo hace vivir al cartujo más conscientemente la pobreza religiosa. Hoy añadiríamos el valor de testimonio que posee el trabajo de los monjes. La vida de celda hace incompatibles muchos trabajos que, forzosamente, asumen los Hermanos: labores del campo, granjas, cocina, etc. Como dicen los Estatutos (2.15.1) «Con su trabajo, los Hermanos asocian al hombre todo entero a la obra de la Redención. En la fatiga del trabajo hallan una partícula de la cruz de Cristo, por donde se hacen partícipes de los nuevos cielos y de la nueva tierra». El trabajo manual de los Padres consiste, principalmente, en la limpieza de la celda, pequeños trabajos de jardín, de carpintería, encuadernación, mecanografía. En algunas Casas pequeñas, los Padres atienden también al lavado de ropa, la sastrería, zapatería. Hoy los postulantes, sobre todo si han sido trabajadores, aceptan con dificultad no colaborar con su trabajo a aliviar las cargas del Monasterio. Ante este hecho, en algunas Cartujas se están haciendo interesantes experiencias de trabajos «productivos» que los monjes puedan realizar sin salir de la celda. Pero, encontrar trabajo apropiado, a la vez que productivo, no es tarea fácil. El cartujo sabe que para trabajar «con espíritu contemplativo», no basta con que los trabajos se armonicen con la soledad de la celda; todo trabajo que termina por distraer su íntima soledad, no es monástico. Pero también es cierto que los monjes, como contemplativos, cuando trabajan, deben encontrar en el trabajo la realización de su oración, además de una excelente ocasión de ascesis y de renuncia. Se debe destacar este matiz: «cuando trabajan», pues es claro que el trabajo sólo es una de tantas ocupaciones del monje en la que está llamado a realizar su oración, lo mismo que en las demás. Por ejemplo, «cuando come», «cuando estudia»...
PASEOS Y RECREACIONES No es exacto que los cartujos no hablen nunca. En el principio de la Orden había ya un rato de recreación, después de Nona los domingos y en otros días de fiesta, como se hace actualmente. Además, un día a la semana, normalmente el lunes, hay un paseo de cuatro horas de duración. Los documentos indican que este paseo ya existía en el siglo XIII. El día del paseo se adelantan Nona y Vísperas. A las dos de la tarde, rezadas las preces del paseo, salen los monjes al campo, llevando siempre bastón y, en días de sol, sombrero de paja. Se hacen dos grupos: quienes prefieren los paseos largos y los que gustan andar poco. En verano, el paseo termina a las seis y cuarto de la tarde. En invierno, media hora antes. Los Hermanos sólo tienen un paseo al mes. Su vida de trabajo al aire libre no necesita, como los Padres, de estos caminares. La recreación del domingo y el paseo semanal dan a la vida eremítica de la Cartuja un ambiente familiar, humano y evangélico. Ayudan a conservar un sano realismo, necesario en vida tan estrecha, como la del cartujo. El paseo semanal es punto de regla desde hace siglos, del cual los superiores no acostumbran a dispensar fácilmente, siguiendo el ejemplo de un famoso General de la Orden que tenía como norma dispensar antes del Oficio de Maitines que del paseo semanal. |
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(1) Epist. Unigenitus. AAS 1924.4 p. 137 y E.O.C. 1.5.2. (2) Epist. Unigenitus, AAS 1924. p. 137 y E.O.C. 1.5.2. (3) Carta al Prior de Vedana con motivo del quinto aniversario de su fundación. AAS 48 (1956) 12. 614. (4) E.O.C. 1.5.2. El otro texto de los Estatutos que trata del tema es igualmente desfavorable: «Como nuestra misión es ser ermitaños y no doctores, ninguna persona de la Orden se permita imprimir ningún libro. ni escribir ningún articulo en revistas, sin previa autorización del Capítulo General o del Reverendo Padre». E.O.C. 1.6.12. (5) E.O.C. 1.5.3. |