Hay dentro de nosotros mismos una fuente permanente de pensamientos, imaginaciones, inquietudes, tales que uno se pasa horas enteras sin poderse recogerse interiormente de verdad, incluso en los tiempos de oración. Es ésta una experiencia dolorosa.

Si por fin, después de mucho esfuerzo, conseguimos el silencio interior, sabemos que sólo es una tregua, porque la agitación está dentro de nosotros y volverá a invadirnos.

Y cuando nos ponemos a orar y queremos abstraernos de todo, lógicamente todo ese mundo de pensamientos y distracciones volverá a la carga.

Delante de Dios queremos aparecer limpios como si esa triste realidad no fuese con nosotros y nos engañamos.

Ese mundo de desorden es nuestro y debemos presentarnos humildemente con él delante del Señor, presentarle toda nuestra pobreza.

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