Ciertamente las palabras de amor exigen discreción. No se las puede exponer a la plaza pública; cuando se hace esto pierden su valor y resultan cursis. Y desgraciadamente esto es lo que ha sucedido en el último siglo, que se ha proclamado en exceso este sentimiento cuando no existía, de forma que apenas podemos emplear ahora… nos parece de mal gusto. Pero hoy nos encontramos con el riesgo opuesto.

Nos gustaría practicar el cristianismo sólo con la cabeza. Pero un cristianismo que sólo consiste en discusión, organi­zación y algo de moral no nos resulta atractivo, es algo con lo que no podemos encariñarnos, no es alegría ni energía para nuestra vida.

Para que la fe nos resulte atractiva y no sea una carga para nosotros tiene que tocar el corazón, tenemos que encariñarnos con Dios…

Vamos a invocar al Señor Jesús por su nom­bre y vamos a pedirle que de nuevo nos encariñemos de este nombre; que de nuevo, al usar este nombre, nos volvamos a sentir cerca de él y redunde en alegría para nuestro corazón, la alegría de sentirse querido, de no sentirse solo y que también perdure en nosotros y nos guíe en las horas de oscuridad y de tristeza.

Joseph Ratzinger / Benedicto XVI