El sacerdote siente temor ante el atrevimiento de entrar realmente en trato con Dios, pues conoce muy bien sus propias flaquezas. Y quizá lo más terrible que se le impone es el hecho de tener que emplear constantemente las palabras más grandes del lenguaje humano, que nosotros, en propiedad, sólo tímidamente podemos atrevernos a mencionar las palabras justicia, verdad, fidelidad, pureza, amor, desprendimiento, que él constantemente tiene que pronunciar, y que, sin embargo, para él mismo implican juicio y denuncia.

Por eso, pienso yo, hay que comprender que haya hoy muchos sacerdotes que sencillamente no pueden aceptar ya este terrible desgarramiento, no queriendo ver su función más que como un empleo, nada más que como lo que cualquier otro hace en cualquier otro ámbito.

Así es como, del otro lado, surgen naturalmente los reproches, pudiendo decir con mucha razón: «¡Vosotros nos sermoneáis, pero miraos por una vez a vosotros mismos!»; «¿Y esta Iglesia con todos los escándalos y miserias que nosotros conocemos pretende ser portadora del mensaje divino? ¡No, eso no lo aguantamos!».

Dios habla a través de los hombres. Él quiere de unos que se atrevan a ponerse su palabra en la boca para que esté presente en el mundo, y de otros que la acepten precisamente a través de la débil criatura.

Yo creo que aquí se aprecia algo de la tarea común de todos los creyentes dentro de la Iglesia.

¡Cuánto puede significar para un joven sacerdote el hecho de estar apoyado por la gente en una parroquia cuando sabe que ellos aceptan también su debilidad, su impotencia, que precisamente así apoyan en él al mensajero del Altísimo, que no viene por sí mismo; que le ayudan a creer la palabra que les ha sido dada a ambas partes.

Y eso puede perderse si choca contra un muro de escepticismo, si los hombres sólo lo ven a él y no le ayudan a transmitir lo grande que hay en él.

Joseph Ratzinger / Benedicto XVI