También esta experiencia está presente entre nosotros, y cuando se echa la vista atrás quizá surja alguna que otra situación conflictiva. Junto a la gratitud y la alegría se da también esta sensación de que resulta propiamente inquietante tener que hablar siempre de los grandes temas, tener que hablar del amor, de la verdad, de Dios, de la cruz, enormes temas que nos dejan infinitamente detrás, de modo que siempre tenemos que temer que tales palabras, en nuestros labios, se conviertan en mentiras y alguien nos pueda decir «¿De qué hablas tú?», y que pueda condenarnos con ello a nosotros mismos.

Cuán peligroso puede llegar a ser el que los grandes temas resulten manidos, como dijo santo Domingo sobre la vocación de Alberto Magno, pues este último venía de la Facultad de Derecho, de la que tantos estudiantes afluían a su Orden, mientras que ningún teólogo ingresaba en la misma; dijo al respecto que eso era muy fácil de entender:

Cuando uno ha bebido siempre agua y, de pronto, toma vino fuerte, entonces queda embriagado con esto.

Pero vosotros sabéis que, si hay un sacristán que a diario está en contacto con lo más sagrado, acaba pronto por dejar de arrodillarse, porque lo encuentra demasiado habitual.

Este riesgo lo experimentamos todos al sentir que lo grande nos supera, pero luego se convierte en una rutina, dejando de percibirlo y experimentarlo en toda su grandeza o como algo que nos supera y ante lo cual sentimos temor o agobio.

Y con seguridad se da también esta otra situación: no sólo el desaliento a causa de lo que nos resulta excesivo y cualitativamente se nos exige así como a causa de lo demasiado fuerte, que siempre es más que lo que es apropiado para nosotros; sino que hoy día se da también el desaliento a causa de lo que cuantitativamente nos resulta excesivo, en un tiempo en el que nadie ya, o sólo muy pocos, pueden experimentar el preciado valor de este vino.

Entonces surge la cuestión de los pocos operarios existentes, que ejerce su presión sobre los que se han puesto al servicio del Señor. Y así se despiertan preguntas como éstas: ¿Cómo seguimos adelante? ¿No terminará esto de cualquier manera? ¿No estaremos fuera de época? Y de este modo todo el esfuerzo de cada día puede convertirse en una pesadilla.

Joseph Ratzinger / Benedicto XVI