La experiencia nos lleva a constatar que somos más tentados en la soledad del desierto y quizá pudiéramos deducir que es mejor no ir al desierto.

No. No es que seamos más débiles en el desierto, sino que se nos pide allí una elección más absoluta y radical, elección cuyas alternativas no valoramos acertadamente en el curso normal de la vida porque entonces las vemos diluidas en la multiplicidad de los acontecimientos diarios y desfiguradas por compromisos más o menos inconscientes.

El desierto nos aclara lo esencial de nuestra fidelidad a la vocación contemplativa: “permanentes en la oración” “salvadores con Jesús” por medio de una oración de alabanza e intercesión cuya intensidad requiere lo absoluto del desierto”.

René Voillaume