Santidad ordinaria, que no pequeña, es aquella que trata de dar sentido sobrenatural a la cotidianidad, a los acontecimientos sencillos de cada día, repetitivos, banales, a veces pesados, punzantes e incluso agotadores.

Es la santidad que san Pablo pedía a los primeros cristianos: “Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones”.

Vivir lo cotidiano lamentándose de Dios, o de la mala suerte, por lo que nos sucede, o quejándonos de las personas que nos rodean y nos hacen sufrir no es el camino. Por el contrario, tratemos de vivirlo todo desde la fe, encontrando la alegría callada que nos espera enraizada en esos pequeños acontecimientos de cada día. Todo lo que se vive desde la fe, acogido como voluntad de Dios, es siempre constructivo y nos llena de paz.