Es un defecto tan corriente y universal que requiere un examen diario y con lupa. Hasta en las cosas más santas se nos cuela la vanagloria: Nos damos a la oración y se nos pone enseguida la etiqueta de “hombre de oración” que viste mucho, sobre todo en ciertos ambientes.

El Señor la emprendió contra los fariseos ayunadores que gustaban estar siempre en el candelero, anunciar sus buenas obras al son de trompeta y buscar hasta en lo más santo ser vistos y honrados por la gente. El Señor dice que ya recibieron su recompensa.

La vanagloria se alimenta de todo, posee una vida larga y muere por asfixia, es decir por el silencio, el pasar desapercibidos, la sinceridad total, el deseo y el esfuerzo de ser conocidos sólo por Dios.