[Es la invitación de san Pablo a los cristianos de Tesalónica]

Y des­de luego no está dicho a la ligera o de labios para fuera, como si necesitáramos o pudiéramos orar siempre con palabras. Pero hagamos una vez más una comparación. Una persona que está poseída profundamente por una idea o por una pasión, por ejemplo, por una voluntad política, por un conocimiento científico, por una pasión, codicia, odio, amor, por una pro­funda y ardiente preocupación, una persona así puede hacer y decir muchas cosas; pero una vez que termine, esa persona volverá de nuevo a esa pasión, de la que en el fondo de su cora­zón nunca se ha desprendido, porque le llena profundamente.

«Sed constantes en orar», esto debería significar que el fondo de nuestra alma está siempre inmerso en Dios, que nosotros en el fondo de nuestro corazón siempre lo tocamos y siempre nos hallamos en comunicación con él y que, en verdad, desde lo profundo de nuestro ser somos personas de oración. Sólo si con esa hondura estamos en contacto con Dios, puede recibir energía y ser fecunda nuestra palabra orante.

Por otro lado, sin duda, la lucha para encontrar la palabra orante conducirá siempre de nuevo el fondo de nuestra alma a Dios y hará que permanezca junto a él. Creo que en los últimos años hemos olvidado demasiado que el primer servicio del diá­cono, del sacerdote, del obispo es orar por los otros.

El Santo Padre ha insistido en ello hace poco. Lo más importante, dice, que vosotros podéis hacer es la oración, más importante aún que la acción católica, pues sin oración ésta se marchita. Y en este sentido hay que entender también la oración del Breviario de las personas consagradas. No como una carga adicional, sino como un medio sin el cual todo lo demás se viene abajo. Lo peculiar de nuestra actividad tiene que partir del hecho de que nosotros somos hombres de oración.

Un obispo de la parte oriental de nuestra patria me dijo hace poco que a él lo que le importaba es que en cada lugar, en medio de este necrosamiento de nuestra fe, quedaran al menos dos o tres personas de oración y entonces el lugar permanece­ría distinto, si siguen en él personas que mantienen el hilo de la oración… Sólo seréis maestros de oración si, sin cesar, sois discí­pulos en la oración y de la oración.

 

Joseph Ratzinger / Benedicto XVI

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